Artilleros, Artilleros, marchemos siempre unidos siempre unidos de la Patria, de la Patria, de la Patria su nombre engrandecer, engrandecer. Y al oír, y al oír, y al oír del cañón el estampido, el estampido nos haga su sonido enardecer. España que nos mira siempre amante recuerda nuestra Historia Militar, Militar, que su nombre siempre suena más radiante a quien supo ponerla en un altar. Su recuerdo que conmueve con terneza, dice Patria, dice Gloria, dice Amor, y evocando su mágica grandeza, morir sabremos, por salvar su honor. Tremolemos muy alto el Estandarte, sus colores en la cumbre brillarán, y al pensar que con él está la muerte, nuestras almas con más ansia latirán. Como la madre que al niño le canta la canción de cuna que le dormirá, al arrullo de una oración santa en la tumba nuestra, flores crecerán. Marcharemos unidos, marcharemos dichosos seguros, contentos de nuestro valor, y cuando luchando a morir lleguemos, antes que rendidos, muertos con honor. Y alegres cantando el Himno glorioso de aquellos que ostentan noble cicatriz, terminemos siempre nuestro canto honroso con un viva Velarde y un viva Daoiz. Artilleros, Artilleros, marchemos siempre unidos siempre unidos de la Patria, de la Patria, de la Patria su nombre engrandecer, engrandecer. Y al oír, y al oír, y al oír del cañón el estampido, el estampido nos haga su sonido enardecer. Orgullosos al pensar en las hazañas realizadas con honor por nuestra grey, gritemos con el alma un viva España y sienta el corazón un ¡viva el Rey!

martes, 25 de noviembre de 2008

Santa Barbara

El 4 de diciembre celebramos los artilleros nuestra patrona, Santa Barbara. Aprovecho para desempolvar de mi archivo unos apuntes sobre la Santa que en su momento sirvieron para confeccionar parte de un trabajo.

ANTECEDENTES
Tenemos que retroceder a 1522 para obtener el primer documento donde se tiene prueba escrita de haberse celebrado la fiesta de Santa Bárbara por los artilleros en toda España. Dicho documento es el llamado “recibo de la pólvora” relativo al Castillo de Burgos. En el podemos leer:” Vos Ximenez Denciso, tenedor de los bastimentos del dicho castillo por S.M. distes por mi mandado al Capitán Terramonda, el día de Santa Barbará para tirar la fiesta de los artilleros ques aquel día su fiesta, dos barriles de pólvora para tirar ciertos tiros de los gruesos y los morteros aquel día que pesarían diez arrobas, la cual pólvora está a cargo del Mayordomo de la artillería Francisco Xerez, y porques verdad que lo dio dicho día, a cuatro de diciembre de mil quinientos veinte y dos y porques verdad lo firme de mi nombre.-Don Juan de Acuña.

Recientes revisiones sobre este tema, apuntan a unas anotaciones en las relaciones efectuadas por Antonio Pigafetta, cuando se realizó la expedición de Magallanes alrededor del mundo: “El 4 de diciembre de 1521, fiesta de Santa Bárbara, para festejarle y en honor del Rey que había regresado, hicimos una descarga cerrada de artillería, y por la noche quemamos fuegos artificiales”.

D. Luis Collado en su obra “Platica Manuale de Artigleria” en la tercera edición del año 1606 titula un capitulo: “De la Compañía y congregación de los artilleros bajo la devoción de la gloriosa Santa Bárbara”. En dicha obra se relata lo siguiente: “Porque las oraciones e intercesión de los Santos fueron siempre de mucha eficacia para con N. S. Jesucristo, ha habido siempre entre los artilleros antiguos y modernos particular devoción a la gloriosa mártir Santa Bárbara, en cuya conmemoración siempre solemniza su festividad y se celebran los Oficios Divinos con particular devoción, lo cual se considera en todos los reinos de la Corona de España como inolvidable costumbre.”

Don Ramón de Salas en su Memorial Histórico de la Artillería Española (1831) dice: “Desde que principió el uso de la artillería empezó la devoción de los artilleros españoles a esta Santa y la tuvieron desde luego por patrona y abogada. Es fácil inferir el porqué la eligieron y es que estando ya reconocida por abogada de los rayos y centellas y siendo este fenómeno de la naturaleza el más parecido a los cañonazos y el más temible en los almacenes de pólvora, buscaron el patrocinio que podía salvarles. En lo antiguo acostumbraban al cargar los cañones, hacer en la boca con la misma bala una cruz e invocar el nombre de Santa Bárbara.”

Don Arturo Oliver Copons en sus Noticias Históricas acerca de la devoción de los artilleros españoles a santa Bárbara (1884) leemos lo siguiente: “A la guerra de Granada concurrieron muchos extranjeros como artilleros o fundidores, y en el libro de repartimientos de Málaga figuran algunos alemanes y franceses, los cuales pudieron traer esta devoción. La rendición de Baza se verificó el 4 de diciembre de 1489, día de Santa Bárbara y por esta circunstancia eligió dicha ciudad como patrona a la Santa. Inmediatamente se establecieron por los reyes Católicos fundición, maestranza y deposito de artillería, que se trasladaron a Málaga después de la conquista de Granada”.

El tratadista D. Adolfo Carrasco, en un artículo en el memorial de artillería sobre el origen del patronazgo en los Países Bajos, afirma que la devoción comenzó por San Sebastián en 1328, en 1477 se extendió por Bruselas por los ballesteros y a finales del siglo XV a todos los Países Bajos.

VIDA Y MARTIRIO DE SANTA BARBARA

Año 236 dC, reinaba en Constantinopla Maximino I, en Nicomedia, a orillas del mar de Mármara, vivía una muchacha de extraordinaria belleza e inteligencia llamada Bárbara. Su padre se llamaba Dióscoros. Éste era un rico señor pagano que al salir en una expedición contra los cristianos, encerró a Bárbara en una torre de su palacio fortaleza, a pesar de lo cual ella encontró la manera de poder relacionarse con un sabio sacerdote llamado Valentiniano. Gracias a éste sacerdote profesa el cristianismo, siendo bautizada a la edad de 16 años. Al abrazar su nueva fe, se deshizo de todos los símbolos paganos que tenía en la torre, trazando el signo de la cruz sobre una de las columnas y mandando abrir una tercera ventana en la torre en recuerdo del misterio de la Santísima Trinidad.

Al llegar su padre, éste montó en cólera al ver que su hija abjuraba del paganismo y abrazaba la Fe en Cristo. En vista que no se quería desposar con un joven pagano y que Bárbara seguía aferrada a la religión cristiana, su padre la entregó al Pretor Marciano para que le fuese aplicada la ley referente a la persecución contra los cristianos. Fue sometida por el Pretor a terribles tormentos durante tres días, manteniéndose firme en su Fe entre tanto sufrimiento. En su tormento fue sometida a golpes de mazo en la cabeza, fue azotada, sus carnes fueron desgarradas con garfios, antorchas encendidas quemaron los costados de su cuerpo, le amputaron los pechos siendo arrastrada desnuda por las calles.

Fue condenada a la decapitación, ejecutada por su propio padre. Una vez consumado el suplicio, se desencadenó una violenta tormenta, alcanzándole un rayo que lo redujo a cenizas.

La piedad de los cristianos recogió su Sagrado cuerpo y Valentiano, después de rendirle honores fúnebres, dio sepultura a sus restos en un lugar retirado cerca de Euchaita

MILAGROS DE LA SANTA

De entre los milagros que se le imputan, nos referiremos a uno a modo de ejemplo.

Como consecuencia de la destrucción del Imperio Bizantino, en la segunda mitad del siglo XIII, la emperatriz Constanza desembarcó en Valencia para pedir protección a su pariente el Rey D. Jaime I de Aragón. Dicha emperatriz sufría además del terrible mal de la lepra. Una noche se le apareció la Santa (Doña Constanza era devota de Santa Bárbara) mandándole buscar una imagen suya que estaba escondida en la ciudad. Una vez encontrada debía mojarla en tres tinas de agua, en memoria de la Santísima Trinidad, bañándose después ella misma. Haciéndolo con Fe recobraría la salud.

Se hizo todo lo posible por encontrar la imagen, pero era imposible. Un día el mayordomo de la emperatriz observó que su caballo golpeaba el suelo delante de la iglesia de San Juan del Hospital. Se cavó y apareció un lienzo con la imagen de Santa Bárbara; una vez hecho todo lo que se le había indicado, Doña Constanza recobró la salud. En reconocimiento mandó edificar una capilla. En 1307 fue enterrada en esta iglesia la Emperatriz Constanza de Grecia. Por su devoción a Santa Bárbara, en el siglo XVII, con autorización del rey Carlos II, la Real Cofradía de Santa Bárbara trasladó los restos mortales de la Emperatriz, desde su primer enterramiento en la capilla lateral del presbiterio, a la nueva capilla barroca entonces construida bajo la advocación de esa virgen y mártir y dedicada a la reserva del Santísimo Sacramento.

ATRIBUTOS DE SANTA BÁRBARA

El atributo por antonomasia de la Santa es la torre, lugar donde sufrió encierro y tormento.

Otro motivo es la espada, recuerdo de su martirio (la degollación).


La palma. Tiene dos significados. Por un lado simboliza a la Santa dedicada al estudio y por otro lado puede ser de avestruz simbolizando la esposa de Cristo.

La corona. Atribuida a su ascendencia real de su madre. También Corona de mártir con una hostia (por ser garante de buena muerte).

El rayo. Abogada de las tormentas.

El Cáliz y el Santísimo. Exaltación de la Eucaristía. También como auxiliadora de los últimos sacramentos.

ASOCIACION DE SEÑORAS DE SANTA BARBARA

Esta asociación agrupa a familiares del arma con fines benéficos y para rendir culto a la Santa, así como el recuerdo de los difuntos mediante actos religiosos. Son herederas directas del espíritu de las cofradías y hermandades de siglos pasados.

La comisión que, como cada año, se formó en 1891 para organizar la función de Santa Bárbara en Madrid, inició la idea de establecer una asociación religiosa con el titulo de Santa Bárbara de los Artilleros, que viniera a resucitar como se ha comentado a las antiguas cofradías, que bajo la advocación de la Santa tuvieron los que servían en el arma.

Se constituyo solemnemente la Asociación en Madrid el 30 de junio de 1894, organizándose filiales en todas las poblaciones donde existía Unidades de Artillería.

Sirva de ejemplo como amparó la Asociación con su nombre, reparto de socorros y recaudación a las familias de jefes y oficiales que estuvieron implicados en las disoluciones de 1926 y 1929.

lunes, 24 de noviembre de 2008

La Forestal. II Parte

LA FORESTAL. II PARTE


LAS BROMAS

A pesar del duro trabajo campamentario, todo el mundo mantenía el buen humor y las ganas de broma. Recordemos como ejemplo dos bromas colectivas que en general se acogían bien por todos.

En la segunda o tercera noche de campamento, después del toque de silencio, aparecía en la zona de los malditos un teniente enfurecido amenazando con sacar fuera, a hacer instrucción a todas las tiendas donde se oyese hablar. Sucesivamente, con grandes voces, el iracundo teniente iba sacando tiendas hasta que al final estaba casi todo el mundo fuera haciendo instrucción. Al final, el teniente dejaba a todos en posición de firmes y desaparecía. Se trataba de un sargento, uno de los pocos que no procedía de la Escuela de Madrid y por tanto no conocido, que con un gorro de teniente y la presumible complicidad de algún superior, organizaba todo el tinglado. Poco a poco, los malditos se cansaban de estar firmes y sospechando la broma se iban cabizbajos a su petate.

Otra buena broma era la del cambio de cabezales. Una noche, después de las lecturas de retreta, un sargento leía que al día siguiente, después de la cena, se procedería al cambio de cabezales previo pago de equis pesetas. Todos los “malditos” se ponían muy contentos porque este cambio tenía lugar cuando, pasadas algunas semanas, los cabezales estaban ya sucios. Al día siguiente la gente cenaba rápidamente para ser los primeros en hacer el cambio, formándose una larga cola. Los sargentos encargados de la operación cogían el dinero y entregaban el mismo cabezal dándole la vuelta para que se viese el lado más limpio. Con del dinero recaudado y las consiguientes risas, el primer día de cine, se compraban botellas de fino para todos.

LOS CAMALEONES

Muchas veces, cuando estábamos tumbados bajo los pinos, observábamos como las ramas se balanceaban con la brisa; entonces de vez en cuando, localizábamos un camaleón. Realmente era fácil que el camaleón pasase desapercibido ya que este reptil toma el color de lo que tiene alrededor, pero en aquellos años era muy abundante su número en los campos de Rota y se veían con frecuencia. Estáticos, sin apenas moverse, era curioso verles cazar cualquier bichejo proyectando su lengua hacia la presa a velocidad de rayo.

La población de camaleones en Rota era entonces, como ahora, muy importante, si bien en estos momentos, disminuido su número, es una especie protegida.

¡GENERALA!

Cuando el silencio de la noche se rompía con un insistente toque de trompeta, todo el campamento se despertaba y se ponía en pie. Las tiendas se convertían en auténticas cocteleras, ya que en un tiempo récord había que vestirse, ponerse las botas y correaje, coger el mosquetón o cetme y formar en la explanada de entrada.

Como todos salíamos medio dormidos, de vez en cuando había algún compañero que corriendo a toda velocidad se daba de bruces contra un pino.

A continuación se hacía un recuento y salíamos todos campo a través, caminando varios kilómetros hasta que los superiores ordenaban el regreso.

DIEZ KILOMETROS EN UNA HORA

A los pocos días de estar en el campamento, habíamos eliminado la mayor parte de las grasas superfluas. Más delgados y sin parar de movernos todo el día, estábamos en mucha mejor forma física que al llegar a Rota.

Entre las pruebas que debíamos superar estaban la escalada de muros y saltos de fosos, recorrer con correaje y armamento unos 25 m. Colgados de una maromas y sobre todo la prueba “reina”, correr 10 km. en menos de una hora.

La salida se hacia por tiendas, esperando 3 minutos para dar la salida a la tienda siguiente. Aunque había cierta vigilancia, nos organizábamos para que, sin ser vistos, los más veloces remolcasen a los que tenían dificultades, empujándoles entre dos con el cinturón del mono. Mirando el reloj, tomando algo de azúcar de vez en cuando y una vez agrupados los catorce de la tienda, hacíamos todos juntos la entrada en meta.

Cuando se realizaba esta prueba, el resto del día era jornada de descanso, con lo cual lo primero que hacíamos era ir al Gorrión, beber para compensar el líquido perdido, tomar un buen desayuno y marchar, cada uno con su colchoneta a dormir bajo los pinos. Después disfrutábamos de un largo baño en la playa hasta la hora de fagina.

EL TREN DE ROTA

Queremos recordar también aquel tren de vapor, pintoresco, fuera de época, que cubría la línea entre el Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda, y que paraba en la estación de Rota.

Sin pasillo interior, los pasajeros debían acceder directamente a su departamento, subiendo por un estribo corrido. En las cuestas aflojaba la marcha y aumentaba los resoplidos y en alguna de ellas los pasajeros debían bajarse para que el tren pudiese superar los metros más difíciles.


LA JURA DE BANDERA

Dividía en dos nuestra estancia en el campamento y por ser el momento más importante de nuestra vida militar, se nos concedía un permiso de tres días, que nos permitía viajar a casa, estar con la novia, familia y amigos u tomar fuerzas para la etapa final del campamento.

Muchas familias acudían al acto y se les permitía visitar las tiendas. A pesar de que habíamos limpiado y recogido la tienda como nunca, a muchas madres les llamaba la atención el “olor a tigre” que nosotros, ya acostumbrados, no éramos capaces de percibir.

Otra buena celebración de la Jura de Bandera era la “amnistía” que se concedía a todos los castigados.

LA DESPEDIDA

Tres o cuatro días antes de finalizar el campamento, ya se conocían los resultados finales, es decir los “malditos” que repetían campamento, que no pasaban de tres o cuatro, y los sargentos que no conseguían la estrella de alférez, asimismo muy pocos. Estos “pobres” abandonaban el campamento antes que el resto.

Cuando ya no había clases ni instrucción, el ambiente era de relajo total aunque los capitanes inventaban temas para entretenernos.

Los últimos momentos en el campamento eran de intensa alegría por volver a casa, aunque impregnados de cierto sentimiento por la intensidad con la que habíamos vivido aquellos tres meses.

La Forestal. I Parte

Por cortesia de mi amigo Joaquin (gran Artillero), trasladamos a estas paginas un magnifico articulo refente a un lugar emblematico, el Campamento de La Forestal en Rota, donde se formaron todas las generaciones de artilleros de Costa de la IPS hasta 1972 en que se creó la IMEC y se fueron al Castillo de San Sebastian en Cadiz.

Durante más de veinticinco años, desde 1945 hasta comienzos de la década de los setenta, el campamento de La Forestal en Rota (Cádiz) fue el lugar de formación militar, dedicado casi en exclusiva a los estudiantes de nuestra escuela (ETSII) de Madrid.

Para todos los compañeros que por allí pasaron y también para los que han escuchado sus relatos, queremos evocar hoy lo que fue “nuestro” campamento.

Artículo firmado por Pedro Pérez Buendía y publicado en el boletín del Colegio de Ingenieros Industriales de Madrid. Imagenes procedentes del articulo Elogio y glosa de la Oficialidad de Complemento en su 90º aniversario fundacional (1918-2008) de D. Francisco Ángel Cañete Páez. Profesor Mercantil, Economista y Comandante de Infantería y tambien de la pagina de UNAMU.



LA FORESTAL. I PARTE
EL CAMPAMENTO
El campamento, adscrito a Artillería de Costa, estaba encuadrado en la I.P.S. o Milicias Universitarias. Su emplazamiento, dentro de un hermoso pinar de más de cuatro hectáreas contiguo a la playa y poco distante de la villa de Rota.

En el campamento se distribuían dos únicas baterías de alumnos (unos cien hombres cada una), la de los de primer curso a los que llamábamos “malditos” y la de segundo curso o de los sargentos, aunque todos recibíamos además el pomposo nombre oficial de “Caballeros Aspirantes a Alféreces de Complemento”.

Los “alumnos” se alojaban en tiendas de campaña en cada una de las cuales tenían su “habitáculo” catorce compañeros. Existían también unos
          cuantos barracones o edificaciones sencillas donde tenían cabida los diferentes servicios y además, la capilla, cocinas, comedor, cantina y, algo mas lejos, las letrinas.

LOS SUPERIORES
El jefe supremo del campamento fue casi siempre Sánchez Araña, primero como capitán y luego como comandante y teniente coronel. Araña era un hombre delgado, de aspecto enjuto, serio y parco en palabras que había cogido gusto a su puesto y lo ejercía con total empeño. No en vano, gracias a su jefatura y a pesar de su modesta carrera militar, podía relacionarse con las máximas autoridades locales y provinciales, con los altos mandos militares de Cádiz y Sevilla, con los de la Base Naval de Rota y con el General Jefe de la I.P.S..

Bajo sus órdenes pasaron un montón de oficiales, algunos fugazmente y otros asiduos de La Forestal. Citaremos a algunos de ellos.

Quintero; Trujillo, a quien llamábamos afectuosamente “El Trujo”; Cuadrado, delgadito, inteligente y educado que pidió la excedencia en el Ejército para dedicarse a asuntos privados; Frechoso, el gran batallador que años más tarde se salvó por los pelos de un atentado de E.T.A. gracias a la intuición y pericia de su conductor; L’Hotelerie al que nombrábamos agregando “... y de los Grandes Expresos Europeos”; Ramírez, el sempiterno profesor de Ordenanzas militares y Gimnasia, al cual un año se le escapó un “glorioso” desliz “...si Maratón levantase la cabeza”; Aranda; Trigo, etc.

LA JORNADA HABITUAL


A las seis y media de la mañana tocaban diana y a continuación aseo, desayuno (chocolate con leche y panecillo con manteca) gimnasia u orientación (la célebre brújula) y después instrucción en La Almadraba, a un kilómetro del campamento y después de la Jura, en Punta Candor, a unos tres kilómetros.

Durante cerca de tres horas, recibíamos de lleno el denso calor de Andalucía, empapando de sudor nuestros monos mientras obedecíamos las monótonas órdenes de firmes, de frente, media vuelta, descanso y las peores de presenten armas, prepárense para cargar, apunten y sobre todo, paso ligero. A media mañana, teníamos veinte minutos de descanso en los que nos repartían un bocadillo de caballa o similar, mientras hacían su agosto los vendedores de refrescos, siempre al acecho.

Finalizada la instrucción, exhaustos de cansancio y calor, regresábamos al campamento, donde todavía formábamos para el recuento. Acto seguido venía el mejor rato del día: baño en el mar durante veinte o veinticinco minutos y ducha de agua dulce.

Después venía la distribución de correspondencia y a continuación toque de fagina (¡a comer!) con lectura previa de “paquetes” (castigos). Acabada la comida nos dirigíamos todos a dormir la siesta bajo los pinos, en conjunto una media hora, que era suficiente para reparar el duro cansancio matinal.

Enseguida las clases... tres horas bajo los pinos, agrupados en corro alrededor de los capitanes, escuchando las diferentes asignaturas: Tiro, Topografía, Ordenanzas Militares, Táctica, Armamento, etc.

Cuando finalizaban las clases, cayendo ya la tarde, llegaba otro de los momentos gratos, un relax que incluía escritura de cartas, merienda o refresco en la cantina, canciones (siempre se podía escuchar alguna guitarra a la puerta de cualquier tienda), bromas, etc., todo ello interrumpido únicamente por el toque de retreta (resumen de la jornada y lectura de servicios para el día siguiente) y después por la cena.

Finalmente, a las diez y media, toque de silencio. Los catorce de cada tienda, ya acostados, susurrábamos los últimos comentarios del día, hasta que poco a poco nos vencía el sueño.

LAS CLASES
Todas las clases tenían lugar por la tarde. La primera de ellas, recién levantados de nuestra efímera siesta, era una dura pugna por mantener abiertos unos ojos que espontáneamente se cerraban. Las explicaciones de nuestros profesores-capitanes, adormecían aún más, aunque había momentos de excepcional jolgorio, por ejemplo en las clases de topografía donde todos, recién salidos del Porro, sabíamos mucho más que el capitán. Con expresión inocente planteábamos al profesor “complicadas” dudas cuya respuesta conocíamos y que a él le hacían sudar la gota gorda, hasta que finalmente cortaba por lo sano diciendo “¡Bueno, esto es así... lo dice el Reglamento!”.

Los viernes teníamos examen y en las tablillas que nos servían de apoyo, escribíamos sutiles chuletas que luego soplábamos a los compañeros cercanos. También había algunos que con evidente desparpajo copiaban directamente de los apuntes y después esparcían a su alrededor sus recién adquiridos conocimientos. También nos ayudaban de forma importante los alféreces que eran compañeros y a veces amigos de nuestra escuela.

En cualquier caso, los exámenes no eran problema grave para nadie.

LAS PRACTICAS DE TIRO
Las prácticas de tiro del primer campamento si que eran, para muchos, un gran problema. La víspera comenzaba la gente a encomendarse a todos los santos mientras los sargentos les hacían truculentos relatos inventados de accidentes mortales que habían sucedido en otros campamentos.

En realidad había dos peligros ciertos:



1.- Los que al disparar el mosquetón o cetme se les atascaba y no salía la bala. Muchos de ellos se volvían hacia los compañeros o hacia el oficial, con un proyectil que podía salir disparado en cualquier momento.

2.- Los que no sabían tirar piedras. Según nos decían, el 37% de los chicos de ciudad no sabían lanzar lejos una piedra. Este porcentaje debía quedarse corto ya que en efecto, eran muchos los incapaces de situar una pedrada a más de un metro de sus pies. El problema venía cuando en vez de piedras había que lanzar bombas de mano.

En cuanto al tiro con ametralladoras, duraba lo que un suspiro, pero era una auténtica gozada.

Especial mención merecen las prácticas de tiro de cañón en Punta Candor que realizaban los sargentos. Allí estaban emplazados tres cañones operativos del 15,24 con un alcance de 15 a 20 km.

Días antes de la fecha de tiro real se empezaba a hacer instrucción de cañón con varios servidores por pieza, cada uno con un cometido diferente: acarrear el proyectil, introducirlo en la recámara, cerrar el cañón, transmitir la orden de “¡fuego!” y disparar.

Cuando se acercaba la fecha de las prácticas verdaderas se notaba cierta tensión en el ambiente, se redoblaban y repetían los ratos de instrucción y todo giraba en torno a ese acontecimiento.

Al llegar el día fatídico, íbamos a Punta Candor con toda la antelación del mundo. Acudían todos los jefes y oficiales del campamento e incluso militares invitados de Cádiz. Comenzaba a funcionar la dirección de tiro y se apuntaba cinco metros por detrás de una barquichuela remolcada por una motora. La puntería era en general buena, pero alguna vez los disparos acertaban con las barquichuela y había que continuar las prácticas “a ojo”.

Cada disparo suponía un considerable “meneo”, con un estruendo que nos dejaba las piernas temblando, sobre todo a los que tenían que disparar y que estaban materialmente metidos en el cañón.

EL COMEDOR Y LA CANTINA

El comedor, de techo ligero, estaba abierto por tres de sus laterales y contaba con dos filas de nueve largas mesas, en las que comíamos todos.

Junto al comedor estaba la cantina, concesión bajo contrata, que casi todos los años recaía en “El Gorrión”, uno de los personajes más notables del campamento, simpático, gracioso, excepcional recitador del verso andaluz y sobre todo fiel velador por sus propios intereses. A base de bocadillos, ensaladas, cervezas, vinos (el fino de la zona) y palique, íbamos traspasando a sus bolsillos nuestras débiles economías.

 
LOS FINES DE SEMANA

Los fines de semana eran una delicia, vagueando por el campamento, disfrutando de la playa sin tasa de tiempo y atendiendo a las chicas los más ligones y los que seguían libres.

Las muchachitas veraneantes y las residentes en Rota, aceptaban de buen grado a los chicos del campamento   que, además, ellas sabían que estudiaban para Ingeniero Industrial y eran apetecidos botines de “pesca”. De todas formas fueron pocos compañeros, aunque sí algunos, los que encontraron en Rota a su media naranja.

Otro buen número de alumnos prefería visitar las tabernas cercanas al puerto y comer pescadito frito y beber fino. Y antes de regresar al campamento, en la plaza del reloj, en la Ibense, casi todos se tomaban un riquísimo helado o un acreditado vasito de leche merengada.

LAS CANCIONES

En las idas y venidas a La Almadraba y Punta Candor, y en cualquier momento de desfile, cantábamos las canciones consagradas en las Milicias Universitarias, con protagonismo de “Margarita” que era sin discusión la más famosa. Las estrofas finales se adaptaban en cada uno de los campamentos que había en España. En La Forestal salía a relucir la célebre Venta Marival acabando la canción de esta manera:

“... y rápida serás en la contestación, /para que llegue bien / pon esta dirección / pom, pom, pom, pom / porrom pom pom: / Primera (o segunda) Batería / de la Unidad Especial / que está cerca de la Base, / frente a venta Marival.”

Otra de las canciones más cantadas hacía alusión a Venta Marival y decía así en su versión más suave:

“Un “maldito” de primero / que se quiso escaquear /se fue reptando, reptando, / a la Venta Marival./ Y cuando estaba bailando / un capitán le agarró/ y por bailar a destiempo / el “maldito” repitió.

Naturalmente no vamos a repetir aquí todas las canciones campamentarias pero ciertamente todas ellas contribuían a hacer más llevadera nuestra vida en La Forestal.


Fotografias cortesia de D. Javier Villarroya.
Imagenes cortesia de Portal ASASVE. http://www.asasve.es/

La Forestal II Parte

sábado, 15 de noviembre de 2008

Del pasado Honor, del presente orgullo

Del pasado y del presente siempre el honor
Sábado, 15 de noviembre de 2008
Diario de León
HISTORIAS DEL REINO

Se lo reconozco, soy una de esos millones de españoles que lloraron durante el entierro oficial de los soldados de la Brigada Ligera Aerotransportable (Brilat) que perdieron la vida en Afganistán. Compartimos el dolor de las familias y el de sus compañeros, por cuyas mejillas resbalaban silenciosas lágrimas mientras, al fondo, las banderas y estandartes de la unidad se estremecían con el viento. Dos muertos, varios heridos, uno de ellos leonés. Ya son casi noventa los españoles de bien que han perdido la vida en operaciones de mantenimiento de la paz en el extranjero, 88 en concreto. Muchos serán los que cuestionen la necesidad de esta participación, otros los que la critiquen abiertamente y no faltarán quienes consideren al ejército una reliquia prescindible de un pasado a disolver, preñado de chascarrillos de mili que recuerdan la juventud pasada. Otros, en cambio, ni siquiera se interesarán por aquellos que garantizan nuestra seguridad más allá de las estrechas fronteras de la vieja y baqueteada piel de toro. Para quienes tenemos menos de cuarenta años nuestro Ejército es un lugar de encuentro de todos aquellos que quieren defender su patria, que quieren llevar hasta los más desfavorecidos de la tierra los valores de la civilización, un camino de dos mil años, una historia de honor, sacrificio y hombría de bien. Lo conforman un conjunto de hombres y mujeres preparados a defender, incluso con sus vidas, todos los derechos que nuestro país ha conquistado sobre la sangre de nuestros mayores, todas las libertades que nos han llevado a convertirnos en referente de avances sociales, dignos de compartir con otras naciones menos afortunadas. El Ejército español, en misiones de paz o de guerra, ha llevado el nombre de nuestra nación por todos los rincones del Planeta, con el orgullo bien entendido de aquel que cumple con su deber sin importarle a qué precio, hilvanado su presente sobre los principios de la lealtad, el honor, la entrega a España y la salvaguarda de unos principios que nos parecen cotidianos y nos han definido como una democracia modélica. Nuestras fuerzas armadas merecen no ya respeto, que bien lo han ganado con su sacrificio y su sangre, sino admiración.

En Afganistán, por ejemplo, tratan de ayudar a mejorar las condiciones de vida de pobres gentes oprimidas por el salvajismo terrorista de unas bestias que asesinan o ciegan a niñas por el delito de nacer mujeres o querer educarse, que lapidan a víctimas de violaciones, que cercenan miembros a muchachos entre gritos de brutal aprobación, que no aceptan que la libertad de un pueblo supera la sinrazón descerebrada de cuatro analfabetos mal rasurados, que confunden la religión con un arma arrojadiza que manejan a su antojo. Europa sabe bien de guerras de religión y de sus consecuencias para desviar ahora la mirada. Por eso es tan importante la presencia de España.

El emblema de la Brilat, un azor, identifica los valores de la unidad, que comparte nuestro Ejército en todas sus armas: libertad, justicia, nobleza, perseverancia, valor, lealtad. Honremos a nuestros muertos y a nuestros soldados.

Margarita Torres

En recuerdo a los componentes de la BRILAT caídos

LAUREADOS DE LAS UNIDADES ORIGINARIAS DE LA BRILAT.

• Capitán de Artillería destinado en el 3er. Regimiento de Artillería de Montaña D. LUIS FERNÁNDEZ HERCE, por su acción en la Guerra de África en el año 1.909.
• Teniente de Infantería destinado en el Regimiento de Infantería “Príncipe” Núm. 3 D. ALFONSO MARTÍNEZ ALONSO, por los hechos acaecidos en la zona de Cadellada (Oviedo) el día 18 de octubre de 1.936.
• Cabo de Infantería destinado en el Regimiento de Infantería “Príncipe” Núm. 3 D. LUIS NOVAL TORRES, por su comportamiento en la defensa del Campamento de Zoco El-Had, de Benisicar (Melilla) el día 28 de septiembre de 1.909.
• Soldado de Infantería destinado en el Regimiento de Zapadores Núm. 8 D. ANTONIO PONTE ANIDO, por su heroica actuación en Krasny Bor (Rusia) formando parte de la División Española de Voluntarios (Azul). Concedida por Orden de 17 de febrero de 1.944.

Junto a ellos hacen guardia en los luceros:

Teniente Javier González Hernández
Sargento José González Bernardino
Soldado Isaac Calvo Piñeiro
Soldado Pedro Sanmartín Pereira
Soldado Diego González Blanco
Cabo Daniel Abreu Fernández
Soldado Gonzalo Casalderrey
Soldado Pablo Iglesias Sancho
Soldado Diego Prado López
Soldado Jesús Casal Rivera
Soldado José Ángel Martínez Parada
Soldado Iván Vázquez Núñez
Brigada Juan Andrés Suárez García
Cabo Rubén Alonso Ríos

domingo, 9 de noviembre de 2008

IV Encuentro Expohistorica 2008.

Los dias 8 y 9 de noviembre se celebró en el aeroclub de Castellón el IV encuentro de EXPOHISTORICA 2008 de Reconstruccion Historica Militar. Hasta alli nos desplazamos para poder disfrutar de 2 dias de "flash back" historico militar. Pudimos ver a componentes de la 1ª Division de Caballeria aeromovil desplegada en Vietnam, 101 Division Aerotransportada, 17 Regimiento de Infanteria Aleman, nuestros famosos Tercios, Unidades acorazadas alemanas, Unidades de marines en Vietnam, Nacionales y republicanos, paracaidistas alemanes y asi un sin fin de unidades. Tambien pudimos "rebuscar" en la bolsa de militaria (pocos parches pero muy apetecibles y mucho equipo, armamento y uniformidad). Y como no, nos deleitamos con las exhibiciones de reconstruccion historica (sitio de Breda, batalla alemanes/aliados, sovieticos/alemanes etc). Mejor una imagen que 1000 palabras. Aqui va una buena exposicion. Mi agradecimiento a Pablo O. E. por el material grafico.

lunes, 27 de octubre de 2008

Un gran silencio. El ultimo disparo de un coloso.

Tras un largo parentesis, (pido a todos disculpas) volvemos a estar al pie del cañon. El RACTA 5 ha escrito una nueva pagina en la Historia de nuestra Artilleria. Sus piezas "hablaron" por ultima vez el pasado septiembre. Por cortesia de Juan Arenas (un buen amigo artillero) traemos a estas paginas las fotos del ultimo tiro de nuestros colosos asi como una reflexión del mismo.

¿Y DESPUÉS QUE…?


Llueve en toda España. Bueno, casi en toda. En el Campo de Gibraltar hace un día espléndido. Y el mar está en “calma chicha”. Parece como si Eolo, el dios de todos los vientos y a petición de nuestra patrona Santa Bárbara hubiese estado durante toda la noche alejando del Estrecho todas las nubes y después se hubiese retirado a descansar. En fin que hoy hace un día perfecto para un Tiro de Costa.

Ayer tiraron nuestros compañeros de Punta Camarinal, Paloma Baja y Paloma Alta y hoy nos toca a nosotros.

Nosotros los artilleros del antiguo GACTA I/5, vamos a tener “el gran honor” de ser los últimos en realizar un Ejercicio de Tiro con material de la Artillería de Costa clásica.
Nosotros los componentes de la Batería D-8 (Punta Camorro) y de la Batería D-15 (Punta Acebuche), hoy vamos a terminar una página de la Historia de la Artillería de Costa en España y supongo que (si nadie lo remedia) acabaremos también el libro.

Después del día de hoy ya no volveremos a oír ni a pronunciar esa entrañable frase que da comienzo a la instrucción diaria. Después de hoy el “Artilleros: A sus puestos, conectar el sistema”, pasará a la historia.

Después de hoy podremos decir que la Artillería de Costa ha muerto.

¿Y después de hoy qué…..?

Desmontaje, desartillado….y todo pasa y nada queda.

Lejos queda en mi recuerdo mi primer tiro como artillero de costa. En el pozo de una pieza de 305/50, en la Batería de Guadalquitón, recuerdo como el ensordecedor ruido de la sala de motores disimulaba el castañear de mis dientes. Castañeo provocado por el miedo o la emoción, o una mezcla de ambos sentimientos. Recuerdo como en el momento del primer disparo después del temblor empezó a nevar sobre mi cabeza los trozos de cal que se desprendían de los techos y recuerdo después en la celebración, la matanza del cerdo y mi cara teñida de negro por mis compañeros veteranos con los restos de la pólvora consumida para que todo el mundo supiese que era mi bautizo de fuego.

Veintidós años después de ese primer tiro y después de haber manejado piezas en las tres artillerías podría presumir de no tener miedo al ruido del cañón, pero, ¿y a su silencio?.

Hoy al levantarme he vuelto a sentir miedo. Miedo, desconsuelo y desesperanza.
Hoy después del Ejercicio creo que no me uniré a la fiesta porque hoy día 25 de Septiembre de 2008 no tengo nada que celebrar.

¡¡¡¡VIVA LA ARTILLERÍA DE COSTA!!!!!


Juan Arenas García



lunes, 12 de mayo de 2008

El Servicio de Fatiga

Hace poco me recordaba un amigo una anécdota acaecida, creo recordar en el año 1999, en cierto Regimiento de Artillería con la visita de cierto Capitán General (me van a permitir que permanezcan en el anonimato tanto la Unidad como el General, aunque algunos hilando, hilando........). Durante la visita ocurrieron varias «cosas» (a que si Eduardo, te acuerdas del «¿se cree Usted que me chupo el dedo?») y una de éstas fue el término «Servicio de fatiga» (¿te acuerdas Juan cuando espetó «Definame fatiga»). Todo esto dio lugar a un articulo, el cual fue publicado en una revista de índole profesional y en otra de carácter interno, que por cierto, se le envió un ejemplar al mentado Capitán General. Los que fueron testigos de la visita seguro que todavía la recuerdan como si hubiera ocurrido ayer, aunque he de decir que otros pusieron tierra de por medio, tal vez por..................... Hay que reconocer que sus visitas eran temidas, circulando toda clase de historias veraces unas y por demostrar otras. Aquí tienen el articulo.


Cuentan las crónicas que a finales del siglo pasado recibió un Regimiento la visita de un General. En un momento determinado, éste preguntó que tipo de servicios desempeñaba la tropa. El «preguntado» de forma automática y sin perder tiempo contestó: «Mi General se desempeñan los siguientes servicios: Cabo de Cuartel, Cabo de Guardia y Refuerzo, Cuartelero, Imaginaria, Fatiga, Guardia y Refuerzo.........». El General abrió los ojos y puso cara de desconcierto cuando escuchó la palabra «fatiga». Se hizo un gran silencio sólo roto por la voz del General que dijo: «Defíname Usted fatiga». No hubo respuesta. No cuenta esta crónica de la época que ocurrió después, si alguien intento definir dicha palabra.

Al enterarme de esta historia (no sé si ocurrió realmente) me puse manos a la obra y removí cielo y tierra para intentar dar algo de luz a esa definición de Fatiga. Todos sabemos que fatiga es aquel Artillero que desempeña labores de limpieza en el comedor de tropa, por el espacio de tiempo de un día.

Se trataba de relacionar la palabra con el servicio. Consultados Reglamentos, Ordenanzas Generales, Manuales, Enciclopedias, etc no encontraba respuesta. Cierto día revisando la Enciclopedia Ilustrada Europeo-Americana Espasa Calpe, encontré «algo». Entre otras acepciones aparecía una que se acercaba, pero no lo suficiente. Decía así: «Lista que se lleva en algunas oficinas para nombrar los turnos de servicio que ha de prestar el personal adscrito a las mismas; dichos servicios se ha de sobrentender que son los de carácter mecánico y nunca los de índole profesional, en cuanto éstos no pueden por menos de ser constantes y ordinarios. A veces se ofrece a modo de cuaderno para que firmen los interesados el enterado, a fin de no alegar ignorancia».

Al menos tenia algo a que agarrarme, pero necesitaba más. Imposible, lo mas cercano a ese servicio era auxiliar de comedor, y en su normativa no aparecía la palabra. Me iba a dar por vencido cuando, agotando el ultimo cartucho, por fin apareció. Se trata del Reglamento para el Servicio Interior de los Regimientos de Artillería, aprobado por S.M. el Rey D. Alfonso XII en 1882. El texto con relación al servicio de fatiga dice textualmente:


Art. 238. Son los auxiliares de los Cabos de Cuartel y Cuarteleros para la limpieza y arreglo de todo lo que esta en el dormitorio, y desempeñar los servicios que sea preciso hacer fuera de el.

Art. 239. En cada Compañía habrá uno o más fatigas, según las necesidades; su servicio durará veinticuatro horas, empezando a la hora del relevo del servicio económico y concluyendo al día siguiente, después del relevo.

Art. 240. Alternarán para éste servicio todos los individuos de la Compañía, menos los Artilleros Primeros y los condecorados con la Cruz de San Fernando, exceptuándose además en los Regimientos de Campaña los conductores.

Art. 241. Este servicio se nombrará de un día para otro y se leerá a la hora designada.

Art. 242. Vestirán de primera puesta y con traje de trabajo.

Art. 243. Siempre que tengan que ausentarse del dormitorio lo harán con conocimiento de su Superior, y podrán salir a paseo si hubiera concluido sus faenas y no los necesitasen el Furriel y el Sargento 1º.

Art. 244. Estarán a las inmediatas ordenes del Cabo de Cuartel; pero cumplirán cuantas les dieren el Furriel, Sargento de Semana y Superiores, debiendo de dar conocimiento de ellas al Cabo de Cuartel.

Art. 245. Al toque de relevo de servicio interior del Cuartel, se presentarán al Cabo de Cuartel para ayudarle a la entrega de todo lo del dormitorio, y enterarse de sus obligaciones, que le serán leídas por el dicho Cabo.

Art. 246. Serán de su obligación conservar las tinajas constantemente llenas de agua.

Art. 247. Tendrán el mayor cuidado con los útiles y efectos que manejen, pues responderán de cualquier desperfecto o rotura que no sea natural.

Art. 248. Será de su obligación llevar a componer todos aquellos efectos que les mande el Furriel, y ayudarle a contar y conducir al dormitorio el pan de provisión y cuantas comisiones les encomienden.

Art. 249. Al toque de Diana limpiaran los zambullos, dejándolos en el sitio que está señalado; ayudarán a los Cuarteleros a la limpieza del dormitorio y sacarán siempre y a cualquier hora que fuera preciso la basura.

Art. 250. Las mantas y capotes que se hayan entregado la tarde anterior a los de Servicio fuera del Cuartel, serán recogidas por los fatigas a la hora designada, cuidando de reconocerlos y dar cuenta del estado en que los reciben al Comandante de la Guardia y luego al cabo de Cuartel, al que deberán entregárselos limpios y doblados. Con iguales formalidades recogerán las mantas de los arrestados en prevención y camas de los sumariados en el calabozo.

Art. 251. A presencia del Furriel en la cocina, a la hora de repartir el rancho a los de Servicio, tomarán el suyo y en una olla el correspondiente a los empleados de su Compañía fuera del Cuartel; marcharán al dormitorio, recibirán del Cabo de Cuartel, enterándose bien de lo que es pertenencia de cada uno, el pan, cucharas, fiambreras y el rancho de la tarde, las mantas y capotes de los individuos para quienes son los ranchos; se presentarán al Cabo encargado de llevar la comida, si estuviese nombrado o al Sargento de la Guardia de Prevención, para poder salir del Cuartel a llevar los ranchos; se presentarán a la llegada a las guardias o puestos a los Comandantes de ellas o Sargento, si es de Oficial, a fin de que autoricen la entrega a los individuos del rancho y efectos que conducen.

Art. 252. Al regresar al Cuartel, después de haber llevado el rancho, devolverán limpias las ollas, fiambreras y cucharas al ranchero y al Cabo de Cuartel, explicando a éste lo que pertenece a cada uno.

Art. 253. Después de retreta recibirán del cabo de Cuartel, las mantas de los arrestados en la prevención, y las camas de los sumariados en el calabozo, que entregarán en la guardia de prevención, con iguales formalidades que lo hicieron por la tarde con los de servicio fuera del Cuartel.

Art. 254. Asistirán con la Compañía a todas las listas, ranchos, revistas diarias y semanales, ejercicios y formaciones y escuela de primeras letras, si fuesen alumnos.

Nos encontramos con una palabra cien por cien artillera que hemos podido salvar de la quema (acuérdense del Art. 16 de las RROO de las FA,s). Salvando las distancias y quitando alguna que otra obligación, prácticamente coincide con el servicio de fatiga que actualmente se designa en algunos Regimientos.

Articulo publicado por el autor en la Revista Ejercito.

Carta a mis compañeros de armas

Hace algun tiempo, un amigo me pasó esta carta.


CARTA A MIS COMPAÑEROS DE ARMAS.


Zaragoza, cuatro de diciembre de 1980

Querido amigo y compañero:

Cuántas veces, en amable discusión, hemos tratado con nuestros compañeros de la bomba llameante sobre quién en las batallas ocupa el puesto de vanguardia en combate, puesto de honor, sin a veces recordar que todos luchan con tal valor, que decir vanguardia o retaguardia es un mero concepto geográfico que no influye en nada a la hora de que cada cual cumpla con su deber.

Y es que ahora quiero narrarte uno de los muchos ejemplos que demuestran lo peregrino de nuestras elucubraciones y que empuja a nuestro corazón a compartir el orgullo esos compañeros nuestros que, al contemplar las dos bombardas cruzadas sobre el fondo rojo de la sangre vertida y negro del humo de sus fuegos, evocan las hazañas realizadas con Honor por su, también nuestra, Grey.

Hagamos juntos un viaje a Beni Bu Ifrur. Es la guerra que a principios del siglo XX sostiene España contra cábilas moras rebeldes. Tropas españolas se han adelantado para efectuar un reconocimiento, y en el repliegue las harcas rifeñas atacan con tal furia, que la iniciativa pasa a sus manos.

Protegiendo el movimiento combate una Batería de Artillería; sus artilleros se mueven por un terreno difícil; cambian rápidamente de asentamientos, bajo un ‘paqueo’ constante, pero saben que de la eficacia de sus fuegos depende la vida de muchos de sus compañeros de otras Armas.

La Infantería se repliega, mientras la Batería se queda cada vez más a vanguardia. El General habla personalmente con el Capitán: ‘no se moverá mientras no reciba su orden directa, pues si se interpreta mal una orden, las cábilas rebeldes segarían las vidas de muchos infantes’.

Los artilleros siguen combatiendo. ¡Fuego! ¡Fuego!. Suena del cañón el estampido y su sonido los hace enardecer.

El moro se acerca. Seiscientos metros.
Quinientos metros. ¡Fuego! ¡Fuego!, gritan los tenientes.
Los artilleros siguen combatiendo. Arrecian los disparos enemigos.
“... antes que rendidos, muertos con Honor...”.
Cuatrocientos metros. ¡Fuego! ¡Fuego!, repiten los sargentos.

Dos piezas están fuera de servicio. Las otras dos siegan al enemigo con sus proyectiles de metralla. El moro es un buen luchador que sabe aprovechar bien el terreno, y se acerca como si fuese una avalancha. ¡Fuego! ¡Fuego!, contestan los artilleros.

El Capitán recibe una orden de retirada. La Infantería se está replegando. Pero la orden no es del General. La Batería permanecerá entonces en su puesto. Sus almas laten con más ansia.
Oficial que trae la orden: ‘es una locura... la Infantería se repliega... dentro de nada esto será un infierno’.

Capitán de Artillería: ‘... y no quedarán más españoles que los de esta posición’.
Los artilleros, unidos, dichosos al hacer tremolar en lo alto a su Estandarte, siguen disparando a pesar de las balas moras. Están solos. No queda nadie para protegerles. ¡Fuego! ¡Fuego!, oye el Capitán.

El enemigo ya casi no puede hostigar a los infantes con uniforme de rayadillo, mosquetón y alpargatas. Se lo impiden dos cañones y un puñado de artilleros. Y entonces dirige ahora sus esfuerzos contra éstos. ¡Fuego! ¡Fuego!, animan los heridos.

Los artilleros caen. Las bajas se acumulan. El Capitán recibe entonces otra orden de retirada; no es del General. ¡Fuego! ¡Fuego!.

“... y evocando su mágica grandeza, morir sabremos por salvar su Honor...”.
El Capitán de Artillería ignora que el General ha entregado a Dios su vida por España, y que se están replegando todas las fuerzas del Sector.

Los moros están a trescientos metros. Los artilleros cantan alegremente su Himno y ganan la gloria para el Arma derramando su sangre.
Llega la noticia, y el Capitán se entera de lo acaecido. Ahora sí se replegarán, protegidos por su Infantería.

Los artilleros se lo llevan todo. Los cuerpos de sus compañeros caídos descansarán en el suelo patrio; los rifeños no recogerán ningún botín.
Las dos piezas que aún funcionan retroceden escalonadamente, apoyándose mútuamente. ¡Fuego! ¡Fuego!. No se cesa de combatir.

Caen los artilleros. Los oficiales ayudan a arrastrar las piezas. El movimiento es penoso. El esfuerzo, agotador. ¡Fuego! ¡Fuego!.

“... y cuando, luchando, a morir lleguemos...”.
Los artilleros llegan al campamento. Las frentes levantadas. Han cumplido con su Deber.
“... de la Patria su nombre engrandecer...”.

Por esta acción, el treinta de septiembre de mil novecientos ocho fue laureado el Capitán de Artillería Ilmo. Sr. D. Luis Fernández Herce. Y el Himno de los artilleros volvió a vibrar con fuerza.


Recibe un abrazo de tu amigo y compañero


Juan Infante Español

Logotipo Bicentenario 1808

A primeros de año, el Departamento de Comunicacion del Ejercito (DECET) creó un logotipo para sumarse a la conmemoracion del Bicentenario de la Guerra de la Independencia.

Decia textualmente el articulo que daba la noticia: "......ha creado un logotipo que representa al teniente de Infanteria Ruiz (1779-1808), uno de los heroes del dos de mayo. El famoso escultor Mariano Benlliure lo inmortalizó en 1891 con una estatua de bronce, situada en la plaza del Rey, en Madrid, junto al Palacio de Buenavista-sede del cuartel General del Ejercito-. Es precisamente en esta estatua en la que se ha inspirado el logotipo del DECET, que se completa con la imagen de un cañón, como simbolo del Arma de artilleria, ya que fue precisamente en la defensa del Parque de artilleria de Monteleon donde el teniente Ruiz recibió las heridas que le causaron la muerte unos dias despues. Ademas, el cañon recuerda a los otros dos heroes del Dos de mayo: los Capitanes de Artilleria Luis Daoiz y Pedro Velarde, que dirigieron la defensa de Monteleon y alli perdieron la vida.............."

En mi humilde opinion creo que no es acertado el logotipo. Segun el razonamiento del autor, aparece el teniente Ruiz por ser heroe del dos de mayo. Correcto, pero tambien lo fueron el teniente Arango o Manuela Malasaña, o el capitan Consul o el pueblo de Madrid, etc. Justifica tambien la aparicion del cañon por ser del Arma de Artilleria el Parque que defendia el Teniente y en un segundo plano porque eran de artilleria los Capitanes Daoiz y Velarde. Me parece del todo incorrecto. Deberia haber aparecido un cañon como simbolo del arma de Artilleria, ya que Daoiz y Velarde eran Artilleros y la figura debiera ser la de Daoiz y Velarde por ser los capitanes que iniciaron el levantamiento y defensa del Parque ese dos de mayo. Algunos pensaran que ese dia hubo muchos mas heroes. Estoy de acuerdo, pero solo hubo dos indiscutibles referentes, para lo bueno y lo malo, y sin lugar a dudas esos fueron los Capitanes de Artilleria Daoiz y Velarde.

Lamina de la semana























Capitanes de Artilleria D. Luis Daoiz y Torres y D. Pedro Velarde y Santillan.
Queda prohibido, sin la autorizacion escrita de sus autores, la reproduccion total o parcial por cualquier metodo o procedimiento, de las imagenes, fotografias y articulos publicados en este blog.

Memorias

Articulo publicado en el diario El Mundo el 10/09/05

(por cortesia de Alonso Contreras)

Entramos en Madrid a pie , empujando los cañones.

ESTEBAN DE ARRIAGA BROTONS

Teniente de Artillería del Regimiento de Segovia


«Yo tenía 17 años cuando estalló la guerra. Estaba preparándome para ingresar en la Academia de Artillería y acudí voluntario. Como no tenía aún edad para hacer los cursos de alféreces provisionales, me hice alférez de complemento. Luego terminé mandando la batería que estaba en la Ciudad Universitaria. Allí, en el cerco de Madrid estuve alrededor de un año. Teníamos las piezas [cañones, baterías antiaéreas...] desplegadas a lo largo de una zona amplia, formando un cerco. Como los ataques contra nuestra posición solían ser por la noche, que es una ocasión buena para atacar, nosotros pasábamos las noches despiertos. Si no sucedía nada y estaba todo tranquilo, evitábamos quedarnos dormidos a base de jugar a las cartas. Y nos acostábamos por la mañana.Había minas, claro que las había. De hecho, en el último momento un oficial de Infantería levantó una mina [la mina explotó bajo sus pies] y murió. Pero lo que era tremendo eran las minas que ellos nos metían por debajo. Porque nosotros estábamos ya ocupando edificios y facultades y ellos perforaban bajo el suelo y metían minas. Y por eso el mando, decidió que los oficiales ingenieros hicieran lo que se llama «la contramina», que es devolver el ataque dirigiéndolo hacia el otro lado.Pero llega un momento en que ya cesan los combates. Estuvimos unos dos días esperando. Hasta que, por fin, nos dan la orden de entrar en Madrid. Pero yo no tenía manera de entrar, no tenía vehículos ni camiones para transportar las piezas. Se lo dije al coronel de artillería, que no podíamos entrar en la ciudad dejando la batería atrás. Pero el coronel me remitió al jefe de Artillería de la Región, que era don Mariano Fernández de Córdoba, -al que nosotros en broma le llamábamos el chulo porque era un poco así- y el jefe de Artillería me decía que hablara con el coronel.El caso es que ninguno me daba la solución y me estuvieron pelotean­do. Y de pronto el alférez Carvajal me dice:- Oiga, Arriaga ¿por qué no en­tramos empujando las piezas y car­gando la impedimenta?- Las piezas ya sabe usted que son los cañones, y la impedimenta son los colchones, el petate, las mantas, todo eso.- Pues sí.Y así lo hicimos. ¡Es que teníamos que entrar! Y entramos así, a pie, em­pujando las piezas a mano y con la impedimenta al hombro.Y al entrar, ¡no sabe usted lo que fue aquello! La gente te rodeaba, aplaudían, lloraban. Algunos padres les decían a sus hijas «¡abraza a los hombres de estrellas!» y cosas así. Con esa expresión, «los hombres de estrella» querían decir los oficiales de las tropas nacionales porque los oficiales rojos no llevaban estrellas sino unas barras. Fue impresionante aquello, realmente emocionante.Nosotros entramos por la Ciudad Universitaria, Moncloa, calle de la Princesa. Y así llegamos hasta el cuartel de la Montaña, donde habían matado a tanta gente, y donde no había nadie. Nosotros ocupamos el cuartel. Una vez hecho eso, el alférez Carvajal y yo nos fuimos a buscar a algunos familiares. Yo fui a ver a mi tío Alfonso, que se había quedado en Madrid y no sabía si había muerto. Pero no, estaba vivo. Había pasado la guerra escondido. Yo le llevaba una lata de leche condensada.El caso es que íbamos por la Gran Vía los dos, con nuestros batidores. ¿Sabe usted lo que son los batidores? Son los artilleros [soldados] que van junto a un superior protegiéndole. lbamos con nuestros batidores, con sus armas colgando del hombro, y no se puede usted hacer idea de lo que era aquello. Era tremendo. La gente salía a los balcones aplaudiendo, gentes de todas las clases sociales, gente modesta también, estaban encantados. Unos venían y te pedían un pitillo porque no tenían tabaco. Otros llegaban y te decían de pronto: «Oiga, mire usted lo que me he encontrado» y lo que decía que se había «encontrado» era una pistola.Todo esto que acababa de vivir se lo conté yo a mis padres en una carta que les escribí muy pocos días después. [Saca de un sobre unas cuartillas rayadas y amarillentas, que tienen la friolera de 66 años, y me lee]: «Fue algo fantástico. La gente nos cogía y no nos soltaba, abrazándonos. Mucho guayabo. -Yo tenía 20 años entonces- (se ríe). Como sabéis fueron las fuerzas de la Ciudad Universitaria, y por tanto las nuestras, las primeras en entrar. Yo desfilé llevando mi batería a brazo con mis artilleros. Fue algo emocionante. La gente no cesaba de gritar “viva España, viva el ejército de Franco” y un sinfín de cosas más. La misma tarde, cuando dejé la batería en el lugar señalado, la gente no cesaba de exclamar: “¡Ya era hora, decían que no pasaran!” Un señor se dirigió a mí y me dijo “Señor oficial, tengo unos deseos horribles de dar un abrazo a un hombre de estrellas”. Y me abrazó con lágrimas en los ojos de la emoción tan fuerte. Y así sucesivamente, durante el camino a casa de tío Alfonso». Y es que era verdad, por el camino nos iban vitoreando a cada paso.Recuerdo que estaba el periodista Tebib Arrumi, abuelo de Alberto Ruiz-Gallardón [actual alcalde de Madrid], que me dijo: «¿Puedo entrar con ustedes?» Yo le dije que encantado y él entró con nosotros.

Biografia del Capitan D. Luis Daoiz y Torres I


Primera parte

D. Enrique de la Vega Viguera
Coronel de Artillería

(Por cortesia de Joaquin Serrano)

De tiempos de la Reconquista procedía el lina­je de don Luis Daoiz Torres. Ascendiendo por línea paterna a insignes caballeros como don Berenguer D’Aoiz, que se estableció en Navarra; don García Garces D’Aoiz que intervino en la famosa batalla de las Navas de Tolosa y don Joaquín D’Aoiz, natural de Pamplona, que a mediados del siglo XVII tomó posesión del cargo de alguacil mayor y regidor per­petuo de Gibraltar, teniendo que pasar por el doloro­so trance de perder la plaza en manos de los ingle­ses. El amor a la patria de aquel anciano, enardecido contra los invasores, se transmitió a través de su hijo Martín, en su nieto don Luis Daoiz. Es a partir del indicado don Joaquín, regidor de Gibraltar, cuando los Daoiz se hacen andaluces.

Desde la pérdida de Gibraltar, la familia D’Aoiz instala su residencia en el Puerto de Santa María y en Sanlúcar de Barrameda, donde tenían propiedades como las fincas llamadas Quesada, en Cádiz; Espínola, en el Puerto de Santa María y Monreal en Medina Sidonia. También en Navarra tenían dos señoríos, nueve merindades y la casa principal, con campos y viñas en Aoiz. A partir de entonces, el apellido D’Aoiz también se andaluza, convirtiéndose en Daoiz. Don Martín contrajo ma­trimonio en Sevilla con doña Francisca Torres Pon­ce de León, hija de los condes de Miraflores, el 2 de febrero de 1766.

El 10 de febrero del año siguiente, les nace un hijo varón. Esto ocurre en el domicilio de su abuela materna, la condesa de Miraflores, donde ocasional­mente residen los padres de nuestro personaje. La casa era el número 70 de la calle del Horno, inme­diata a la parroquia de San Miguel. En el libro de bautismo de la indicada parroquia, consta en el folio 26, que el martes diez de febrero de 1767, el presbí­tero don Luis de Torres, con licencia de cura propio, bautizó a un niño al que puso por nombre Luis Gon­zaga, Guillermo, Escolástica, Manuel, José, Joa­quín, Ana y Juan de la Soledad. Eran sus padres don Martín Daoiz y Quesada y doña Francisca de Torres Ponce de León, natural de Sevilla, siendo el padrino fray Juan Mateos, presbítero de la orden del Carmen calzado. El mayorazgo que disfrutó don Luis Daoiz fue el fundado por Gaspar de Quesada en la villa de los Barrios en el campo de Gibraltar.

Pasó Luis Daoiz los primeros años de su niñez en casa de su abuela, donde como hemos indicado vivían sus padres. Es interesante anotar lo que dice González de León en sus «Calles de Sevilla», libro publicado en 1839. «Calle del Hospicio de Indias. Está en el cuar­tel C y en la parroquia de San Miguel. Se llamaba de la Cruz por un pequeño retablo con una cruz y así se llamó hasta 1699, que la Compañía de Jesús labró en ella, para hospicio de los padres de su religión que pasaban o volvían de las Indias. Esta casa, en parte derribada, está ahora sirviendo de cuartel de Infantería (en la actualidad se ha respetado parte de lo edificado para el parlamento andaluz, y el resto para una plaza). El callejón es estrecho y pasa desde la calle de las Palmas, a la Pza. de la Gavidia am­pliado por su final con el derribo de una casa princi­pal que en él había». Esa casa principal debió ser la habitada por Daoiz. Recibió las enseñanzas prima­rias en su propio domicilio y más adelante los pri­meros estudios en el colegio de San Hermenegildo, regido por los P.P. jesuitas, y situado próximo a su domicilio. En este centro de enseñanza se fue ilus­trando la inteligencia de nuestro joven Luis, así como enriqueciéndose su espíritu con los hábitos de la obediencia, la cortesía y las prácticas religiosas. Entrando ya en los años de la pubertad mostró sus deseos de ser útil a la patria en la noble ocupación castrense, por lo que su padre solicitó y obtuvo la plaza en el Real Colegio de Artillería de Segovia. Aprobada la información de nobleza que entonces exigía este nobilísimo cuerpo, en expediente expe­dido el 10 de julio de 1781 por el escribano del rey, don Manuel García de Castro y del teniente asisten­te de Sevilla, don Fernando Vivero Sánchez, ingresó Daoiz en el Real Colegio de Artillería de Segovia a los quince años de edad. Como curiosidad se puede aportar que en el libro de padrones de la parroquia de San Miguel, figuraba el año 1767 Luis Daoiz em­padronado con sus padres en la plaza de la Gavidia y callejón de Colegio, pero en 1782 ya no figuraba, porque contando con 15 años había ingresado en el colegio de artillería de Segovia. Continuaban figu­rando sus hermanos doña Ma. del Rosario, don Fran­cisco y doña Josefa.

En Segovia permaneció Daoiz como cadete desde el 10 de febrero de 1782 al 9 del mismo mes del año 1787. Durante este periodo demostró ser un buen estudiante, tenaz e inteligente, distinguiéndose de manera especial en la esgrima de sable, y de es­pada, donde su agilidad y agresividad alcanzó entre sus compañeros de academia fama de experto y te­mible.
Llegado el año 1790 se ofreció voluntario para marchar a Ceuta al mando de una batería de su regi­miento, para intervenir en la defensa de dicha plaza. Al año siguiente fue enviado a la ciudad de Orán como agregado a la compañía de minadores.

Su gran espíritu y concepto de la responsabili­dad, le hizo solicitar le fuese permitido estar agrega­do a los minadores, pero sin perder su destino en la batería a su cargo. Su brillante comportamiento le valió ser ascendido al grado de teniente de artillería el 18 de febrero de 1792.
Cuando la revolución francesa alcanzó los ex­tremos de demencia y terror que relata la historia, queriendo España dar prueba de sus sentimientos monarquicos y religiosos, se dispuso a ayudar a Luis XVI, declarando la guerra en 1793 a la Repú­blica Francesa.
En realidad, más que declarar la guerra a Fran­cia y a su república, España lo que hizo fue declarar la guerra a la Revolución Francesa, como espíritu de reacción, contra quienes cortaron la cabeza a Luis XVI y a Mª Antonieta.

El entusiasmo que tal decisión provocó en el pueblo español se patentizó en los cuantiosos dona­tivos, alistamiento de voluntarios y en cuantas nece­sidades solicitó el gobierno español para intervenir en una guerra que estimaba justa. La primera parte de la campaña, que fue llamada del Rosellón, un ejército de 24 mil españoles a las órdenes del gene­ral don Antonio Ricardos, realizó una brillantísima actuación. En esta segunda parte de la campaña comenzada en marzo de 1794, participó Daoiz, inter­viniendo en numerosas acciones, mandando con va­lor y pericia sus cañones. Pero en un furioso contraataque francés, lograron rebasar las líneas españo­las. Daoiz fue hecho prisionero el 25 de noviembre de 1794 y conducido a la prisión de Tolosa en Fran­cia. En esta situación, reconociendo el enemigo sus méritos como artillero, le ofrecieron alistarse en el ejército francés con un alto empleo, lo que rechazó Daoiz, argumentando que su único deseo era regre­sar a España para continuar con sus campañas. Per­maneció prisionero hasta que terminó la lucha en 1795, con la desastrosa Paz de Basilea. Las tentado­ras ofertas francesas para que sirviese en su ejército se justificaban por los amplios conocimientos que Daoiz tenía del empleo de la artillería y por el domi­nio de las lenguas inglesa, francesa, italiana y el la­tín, en una época en la que el pueblo balbuceaba la ortografía.

Apenas terminada esta guerra contra Francia, comenzaron las ruinosas e infortunadas discordias contra Inglaterra. Una numerosa flota mandada por Nelson se dedicó a bombardear la ciudad de Cádiz. El 11 de julio de 1797 se le confió al teniente Daoiz el mando de una tartana cañonera con hornillo de bala roja, bajo las órdenes del almirante Mazarredo, que con gran talento, ingenio y valor, organizó la defensa del puerto y bahía de Cádiz, donde nuestros marinos y artilleros demostraron su heroísmo.

El navío inglés El Poderoso, que era el que más daño ocasionaba, fue el primer objetivo marcado por Mazarredo. Contra él luchó Daoiz con su tar­tana cañonera, llevando a cabo una efectiva y vale­rosa labor.

La hoja de servicios de Luis Daoiz se expresa con ese estilo concreto y lacónico de la literatura castrense, diciendo: «últimamente el teniente Daoiz, embarcado en el navío San Ildefonso, ha hecho dos viajes redondos al continente e islas de América, todo durante la última guerra contra la Inglaterra».

Tan escueta nota nos obliga a ampliarla un poco, para conocer mejor las cualidades y personali­dad de nuestro personaje. El embarque del teniente Daoiz en el navío español, estuvo motivado por la necesidad observada por el gobierno español de te­ner que continuar la guerra contra Inglaterra, para poder defender nuestras colonias y proteger las flo­tas que venían de América. Para ello necesitaba completar la dotación de oficiales de la armada, lo que le llevó a ordenar que oficiales de artillería del ejército de Tierra fuesen agregados a los buques. El navío San Ildefonso, al que fue destinado Daoiz, disponía de 74 cañones y estaba mandado por el ca­pitán de navío don José de Iriarte. En dicho barco realizó los dos viajes que indica su hoja de servicios. Durante esta navegación prestó importantes misio­nes y ayudó notablemente a su capitán para entre­vistarse con oficiales de otras naciones, dados sus conocimientos para expresarse en francés, italiano e inglés.

Es curioso anotar que hallándose Daoiz, en no­viembre de 1800, en el puerto de La Habana, osten­tando las insignias de teniente, al revisar las «Gace­tas» atrasadas, comprobó con sorpresa que el 4 de marzo de 1800, estando en la mar, le habían ascen­dido a capitán de artillería, no habiendo recibido no­tificación de dicho ascenso por estar navegando. Había cumplido 33 años cuando le llegó al ascenso a capitán.

De regreso a la Península, en fecha 7 de julio de 1802, fue destinado al 3er regimiento de artillería de Sevilla, su regimiento de origen, encomendándo­le la superioridad misiones científicas, dadas su fa­cilidad y conocimientos de las matemáticas y su aplicación al desarrollo de la artillería. Precisamen­te, con fecha 2 de diciembre de 1803, se le ordenó a la Fundición de Bronces de Sevilla, según figura en el Legajo nº 12 de la indicada Fundición —hoy Fá­brica Nacional «Santa Bárbara»—, una orden del generalísimo Godoy, Príncipe de la Paz, para que fuesen construidas dos piezas del calibre de «a ocho», según el proyecto del brigadier don Vicente María de Maturana, para el servicio de la artillería a caballo, debiendo reunir la particularidad de poder disparar indistintamente balas, granadas y metralla.

A tal fin se nombró una comisión de varios ofi­ciales entre los que figura el capitán don Luis Daoiz. A esta comisión le dirigió Maturana un amplio es­crito explicándoles el fundamento de la pieza ideada por él, consistente en disminuir el peso del cañón para su más fácil traslado y poder cambiar de asen­tamiento con mayor prontitud.

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