Artilleros, Artilleros, marchemos siempre unidos siempre unidos de la Patria, de la Patria, de la Patria su nombre engrandecer, engrandecer. Y al oír, y al oír, y al oír del cañón el estampido, el estampido nos haga su sonido enardecer. España que nos mira siempre amante recuerda nuestra Historia Militar, Militar, que su nombre siempre suena más radiante a quien supo ponerla en un altar. Su recuerdo que conmueve con terneza, dice Patria, dice Gloria, dice Amor, y evocando su mágica grandeza, morir sabremos, por salvar su honor. Tremolemos muy alto el Estandarte, sus colores en la cumbre brillarán, y al pensar que con él está la muerte, nuestras almas con más ansia latirán. Como la madre que al niño le canta la canción de cuna que le dormirá, al arrullo de una oración santa en la tumba nuestra, flores crecerán. Marcharemos unidos, marcharemos dichosos seguros, contentos de nuestro valor, y cuando luchando a morir lleguemos, antes que rendidos, muertos con honor. Y alegres cantando el Himno glorioso de aquellos que ostentan noble cicatriz, terminemos siempre nuestro canto honroso con un viva Velarde y un viva Daoiz. Artilleros, Artilleros, marchemos siempre unidos siempre unidos de la Patria, de la Patria, de la Patria su nombre engrandecer, engrandecer. Y al oír, y al oír, y al oír del cañón el estampido, el estampido nos haga su sonido enardecer. Orgullosos al pensar en las hazañas realizadas con honor por nuestra grey, gritemos con el alma un viva España y sienta el corazón un ¡viva el Rey!
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lunes, 24 de noviembre de 2008

La Forestal. I Parte

Por cortesia de mi amigo Joaquin (gran Artillero), trasladamos a estas paginas un magnifico articulo refente a un lugar emblematico, el Campamento de La Forestal en Rota, donde se formaron todas las generaciones de artilleros de Costa de la IPS hasta 1972 en que se creó la IMEC y se fueron al Castillo de San Sebastian en Cadiz.

Durante más de veinticinco años, desde 1945 hasta comienzos de la década de los setenta, el campamento de La Forestal en Rota (Cádiz) fue el lugar de formación militar, dedicado casi en exclusiva a los estudiantes de nuestra escuela (ETSII) de Madrid.

Para todos los compañeros que por allí pasaron y también para los que han escuchado sus relatos, queremos evocar hoy lo que fue “nuestro” campamento.

Artículo firmado por Pedro Pérez Buendía y publicado en el boletín del Colegio de Ingenieros Industriales de Madrid. Imagenes procedentes del articulo Elogio y glosa de la Oficialidad de Complemento en su 90º aniversario fundacional (1918-2008) de D. Francisco Ángel Cañete Páez. Profesor Mercantil, Economista y Comandante de Infantería y tambien de la pagina de UNAMU.



LA FORESTAL. I PARTE
EL CAMPAMENTO
El campamento, adscrito a Artillería de Costa, estaba encuadrado en la I.P.S. o Milicias Universitarias. Su emplazamiento, dentro de un hermoso pinar de más de cuatro hectáreas contiguo a la playa y poco distante de la villa de Rota.

En el campamento se distribuían dos únicas baterías de alumnos (unos cien hombres cada una), la de los de primer curso a los que llamábamos “malditos” y la de segundo curso o de los sargentos, aunque todos recibíamos además el pomposo nombre oficial de “Caballeros Aspirantes a Alféreces de Complemento”.

Los “alumnos” se alojaban en tiendas de campaña en cada una de las cuales tenían su “habitáculo” catorce compañeros. Existían también unos
          cuantos barracones o edificaciones sencillas donde tenían cabida los diferentes servicios y además, la capilla, cocinas, comedor, cantina y, algo mas lejos, las letrinas.

LOS SUPERIORES
El jefe supremo del campamento fue casi siempre Sánchez Araña, primero como capitán y luego como comandante y teniente coronel. Araña era un hombre delgado, de aspecto enjuto, serio y parco en palabras que había cogido gusto a su puesto y lo ejercía con total empeño. No en vano, gracias a su jefatura y a pesar de su modesta carrera militar, podía relacionarse con las máximas autoridades locales y provinciales, con los altos mandos militares de Cádiz y Sevilla, con los de la Base Naval de Rota y con el General Jefe de la I.P.S..

Bajo sus órdenes pasaron un montón de oficiales, algunos fugazmente y otros asiduos de La Forestal. Citaremos a algunos de ellos.

Quintero; Trujillo, a quien llamábamos afectuosamente “El Trujo”; Cuadrado, delgadito, inteligente y educado que pidió la excedencia en el Ejército para dedicarse a asuntos privados; Frechoso, el gran batallador que años más tarde se salvó por los pelos de un atentado de E.T.A. gracias a la intuición y pericia de su conductor; L’Hotelerie al que nombrábamos agregando “... y de los Grandes Expresos Europeos”; Ramírez, el sempiterno profesor de Ordenanzas militares y Gimnasia, al cual un año se le escapó un “glorioso” desliz “...si Maratón levantase la cabeza”; Aranda; Trigo, etc.

LA JORNADA HABITUAL


A las seis y media de la mañana tocaban diana y a continuación aseo, desayuno (chocolate con leche y panecillo con manteca) gimnasia u orientación (la célebre brújula) y después instrucción en La Almadraba, a un kilómetro del campamento y después de la Jura, en Punta Candor, a unos tres kilómetros.

Durante cerca de tres horas, recibíamos de lleno el denso calor de Andalucía, empapando de sudor nuestros monos mientras obedecíamos las monótonas órdenes de firmes, de frente, media vuelta, descanso y las peores de presenten armas, prepárense para cargar, apunten y sobre todo, paso ligero. A media mañana, teníamos veinte minutos de descanso en los que nos repartían un bocadillo de caballa o similar, mientras hacían su agosto los vendedores de refrescos, siempre al acecho.

Finalizada la instrucción, exhaustos de cansancio y calor, regresábamos al campamento, donde todavía formábamos para el recuento. Acto seguido venía el mejor rato del día: baño en el mar durante veinte o veinticinco minutos y ducha de agua dulce.

Después venía la distribución de correspondencia y a continuación toque de fagina (¡a comer!) con lectura previa de “paquetes” (castigos). Acabada la comida nos dirigíamos todos a dormir la siesta bajo los pinos, en conjunto una media hora, que era suficiente para reparar el duro cansancio matinal.

Enseguida las clases... tres horas bajo los pinos, agrupados en corro alrededor de los capitanes, escuchando las diferentes asignaturas: Tiro, Topografía, Ordenanzas Militares, Táctica, Armamento, etc.

Cuando finalizaban las clases, cayendo ya la tarde, llegaba otro de los momentos gratos, un relax que incluía escritura de cartas, merienda o refresco en la cantina, canciones (siempre se podía escuchar alguna guitarra a la puerta de cualquier tienda), bromas, etc., todo ello interrumpido únicamente por el toque de retreta (resumen de la jornada y lectura de servicios para el día siguiente) y después por la cena.

Finalmente, a las diez y media, toque de silencio. Los catorce de cada tienda, ya acostados, susurrábamos los últimos comentarios del día, hasta que poco a poco nos vencía el sueño.

LAS CLASES
Todas las clases tenían lugar por la tarde. La primera de ellas, recién levantados de nuestra efímera siesta, era una dura pugna por mantener abiertos unos ojos que espontáneamente se cerraban. Las explicaciones de nuestros profesores-capitanes, adormecían aún más, aunque había momentos de excepcional jolgorio, por ejemplo en las clases de topografía donde todos, recién salidos del Porro, sabíamos mucho más que el capitán. Con expresión inocente planteábamos al profesor “complicadas” dudas cuya respuesta conocíamos y que a él le hacían sudar la gota gorda, hasta que finalmente cortaba por lo sano diciendo “¡Bueno, esto es así... lo dice el Reglamento!”.

Los viernes teníamos examen y en las tablillas que nos servían de apoyo, escribíamos sutiles chuletas que luego soplábamos a los compañeros cercanos. También había algunos que con evidente desparpajo copiaban directamente de los apuntes y después esparcían a su alrededor sus recién adquiridos conocimientos. También nos ayudaban de forma importante los alféreces que eran compañeros y a veces amigos de nuestra escuela.

En cualquier caso, los exámenes no eran problema grave para nadie.

LAS PRACTICAS DE TIRO
Las prácticas de tiro del primer campamento si que eran, para muchos, un gran problema. La víspera comenzaba la gente a encomendarse a todos los santos mientras los sargentos les hacían truculentos relatos inventados de accidentes mortales que habían sucedido en otros campamentos.

En realidad había dos peligros ciertos:



1.- Los que al disparar el mosquetón o cetme se les atascaba y no salía la bala. Muchos de ellos se volvían hacia los compañeros o hacia el oficial, con un proyectil que podía salir disparado en cualquier momento.

2.- Los que no sabían tirar piedras. Según nos decían, el 37% de los chicos de ciudad no sabían lanzar lejos una piedra. Este porcentaje debía quedarse corto ya que en efecto, eran muchos los incapaces de situar una pedrada a más de un metro de sus pies. El problema venía cuando en vez de piedras había que lanzar bombas de mano.

En cuanto al tiro con ametralladoras, duraba lo que un suspiro, pero era una auténtica gozada.

Especial mención merecen las prácticas de tiro de cañón en Punta Candor que realizaban los sargentos. Allí estaban emplazados tres cañones operativos del 15,24 con un alcance de 15 a 20 km.

Días antes de la fecha de tiro real se empezaba a hacer instrucción de cañón con varios servidores por pieza, cada uno con un cometido diferente: acarrear el proyectil, introducirlo en la recámara, cerrar el cañón, transmitir la orden de “¡fuego!” y disparar.

Cuando se acercaba la fecha de las prácticas verdaderas se notaba cierta tensión en el ambiente, se redoblaban y repetían los ratos de instrucción y todo giraba en torno a ese acontecimiento.

Al llegar el día fatídico, íbamos a Punta Candor con toda la antelación del mundo. Acudían todos los jefes y oficiales del campamento e incluso militares invitados de Cádiz. Comenzaba a funcionar la dirección de tiro y se apuntaba cinco metros por detrás de una barquichuela remolcada por una motora. La puntería era en general buena, pero alguna vez los disparos acertaban con las barquichuela y había que continuar las prácticas “a ojo”.

Cada disparo suponía un considerable “meneo”, con un estruendo que nos dejaba las piernas temblando, sobre todo a los que tenían que disparar y que estaban materialmente metidos en el cañón.

EL COMEDOR Y LA CANTINA

El comedor, de techo ligero, estaba abierto por tres de sus laterales y contaba con dos filas de nueve largas mesas, en las que comíamos todos.

Junto al comedor estaba la cantina, concesión bajo contrata, que casi todos los años recaía en “El Gorrión”, uno de los personajes más notables del campamento, simpático, gracioso, excepcional recitador del verso andaluz y sobre todo fiel velador por sus propios intereses. A base de bocadillos, ensaladas, cervezas, vinos (el fino de la zona) y palique, íbamos traspasando a sus bolsillos nuestras débiles economías.

 
LOS FINES DE SEMANA

Los fines de semana eran una delicia, vagueando por el campamento, disfrutando de la playa sin tasa de tiempo y atendiendo a las chicas los más ligones y los que seguían libres.

Las muchachitas veraneantes y las residentes en Rota, aceptaban de buen grado a los chicos del campamento   que, además, ellas sabían que estudiaban para Ingeniero Industrial y eran apetecidos botines de “pesca”. De todas formas fueron pocos compañeros, aunque sí algunos, los que encontraron en Rota a su media naranja.

Otro buen número de alumnos prefería visitar las tabernas cercanas al puerto y comer pescadito frito y beber fino. Y antes de regresar al campamento, en la plaza del reloj, en la Ibense, casi todos se tomaban un riquísimo helado o un acreditado vasito de leche merengada.

LAS CANCIONES

En las idas y venidas a La Almadraba y Punta Candor, y en cualquier momento de desfile, cantábamos las canciones consagradas en las Milicias Universitarias, con protagonismo de “Margarita” que era sin discusión la más famosa. Las estrofas finales se adaptaban en cada uno de los campamentos que había en España. En La Forestal salía a relucir la célebre Venta Marival acabando la canción de esta manera:

“... y rápida serás en la contestación, /para que llegue bien / pon esta dirección / pom, pom, pom, pom / porrom pom pom: / Primera (o segunda) Batería / de la Unidad Especial / que está cerca de la Base, / frente a venta Marival.”

Otra de las canciones más cantadas hacía alusión a Venta Marival y decía así en su versión más suave:

“Un “maldito” de primero / que se quiso escaquear /se fue reptando, reptando, / a la Venta Marival./ Y cuando estaba bailando / un capitán le agarró/ y por bailar a destiempo / el “maldito” repitió.

Naturalmente no vamos a repetir aquí todas las canciones campamentarias pero ciertamente todas ellas contribuían a hacer más llevadera nuestra vida en La Forestal.


Fotografias cortesia de D. Javier Villarroya.
Imagenes cortesia de Portal ASASVE. http://www.asasve.es/

La Forestal II Parte

2 comentarios:

Manuel Diaz Maraver dijo...

Hay un error en el número de unidades. En los años 63 y 65 había dos baterías de 1º y dos de 2º,aproximadamente 380 alumnos.

El tiempo total en la playa era mucho más corto, no llegaba a los 10 minutos.

En mi epoca, las prácticas de tiro en Punta Candor se hacían sobre la estela de un barco en movimento, con desfase de la trayectoria

Anónimo dijo...


Soy el hijo de Sánchez-Araña.
Desde 1951, año en que nací, hasta que mi padre cesó como jefe del campamento, creo que en 1968,viví una experiencia militar y familiar inigualable.
Me gustaría contactar con personas de la época para intercambiar vivenvias.
Un saludo.

José Luis Sánchez-Araña Moreno
joseluis2651@gmail.com