Artilleros, Artilleros, marchemos siempre unidos siempre unidos de la Patria, de la Patria, de la Patria su nombre engrandecer, engrandecer. Y al oír, y al oír, y al oír del cañón el estampido, el estampido nos haga su sonido enardecer. España que nos mira siempre amante recuerda nuestra Historia Militar, Militar, que su nombre siempre suena más radiante a quien supo ponerla en un altar. Su recuerdo que conmueve con terneza, dice Patria, dice Gloria, dice Amor, y evocando su mágica grandeza, morir sabremos, por salvar su honor. Tremolemos muy alto el Estandarte, sus colores en la cumbre brillarán, y al pensar que con él está la muerte, nuestras almas con más ansia latirán. Como la madre que al niño le canta la canción de cuna que le dormirá, al arrullo de una oración santa en la tumba nuestra, flores crecerán. Marcharemos unidos, marcharemos dichosos seguros, contentos de nuestro valor, y cuando luchando a morir lleguemos, antes que rendidos, muertos con honor. Y alegres cantando el Himno glorioso de aquellos que ostentan noble cicatriz, terminemos siempre nuestro canto honroso con un viva Velarde y un viva Daoiz. Artilleros, Artilleros, marchemos siempre unidos siempre unidos de la Patria, de la Patria, de la Patria su nombre engrandecer, engrandecer. Y al oír, y al oír, y al oír del cañón el estampido, el estampido nos haga su sonido enardecer. Orgullosos al pensar en las hazañas realizadas con honor por nuestra grey, gritemos con el alma un viva España y sienta el corazón un ¡viva el Rey!
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lunes, 12 de mayo de 2008

El Servicio de Fatiga

Hace poco me recordaba un amigo una anecdota acaecida, creo recordar en el año 1999, en cierto Regimiento de Artilleria con la visita de cierto Capitán General (me van a permitir que permanezcan en el anonimato tanto la Unidad como el General, aunque algunos hilando, hilando........). Durante la visita ocurrieron varias "cosas" (a que si Eduardo, te acuerdas del "¿se cree Usted que me chupo el dedo?) y una de éstas fue el término "Servicio de fatiga" (¿te acuerdas Juan cuando espetó? "Definame fatiga"). Todo esto dio lugar a un articulo, el cual fue publicado en una revista de indole profesional y en otra de caracter interno, que por cierto, se le envió un ejemplar al mentado Capitan General. Los que fueron testigos de la visita seguro que todavia la recuerdan como si hubiera ocurrido ayer, aunque he de decir que otros pusieron tierra de por medio, tal vez por..................... Hay que reconocer que sus visitas eran temidas, circulando toda clase de historias veraces unas y por demostrar otras. Aqui tienen el articulo.


Cuentan las cronicas que a finales del siglo pasado recibió un Regimiento la visita de un General. En un momento determinado, éste preguntó que tipo de servicios desempeñaba la tropa. El "preguntado" de forma automatico y sin perder tiempo contestó: "Mi General se desempeñan los siguientes servicios: Cabo de Cuartel, Cabo de Guardia y Refuerzo, Cuartelero, Imaginaria, Fatiga, Guardia y Refuerzo.........". El General abrió los ojos y puso cara de desconcierto cuando escuchó la palabra "fatiga". Se hizo un gran silencio sólo roto por la voz del General que dijo: "Definame Usted fatiga". No hubo respuesta. No cuenta esta crónica de la época que ocurrió despues, si alguien intento definir dicha palabra.

Al enterarme de esta historia (no sé si ocurrió realmente) me puse manos a la obra y removí cielo y tierra para intentar dar algo de luz a esa definición de Fatiga. Todos sabemos que fatiga es aquel Artillero que desempeña labores de limpieza en el comedor de tropa, por el espacio de tiempo de un día.

Se trataba de relacionar la palabra con el servicio. Consultados Reglamentos, Ordenanzas Generales, Manuales, Enciclopedias, etc no encontraba respuesta. Cierto día revisando la Enciclopedia Ilustrada Europeo-Americana Espasa Calpe, encontré "algo". Entre otras acepciones aparecia una que se acercaba, pero no lo suficiente. Decia asi: "Lista que se lleva en algunas oficinas para nombrar los turnos de servicio que ha de prestar el personal adscrito a las mismas; dichos servicios se ha de sobrentender que son los de caracter mecanico y nunca los de indole profesional, en cuanto éstos no pueden por menos de ser constantes y ordinarios. A veces se ofrece a modo de cuaderno para que firmen los interesados el enterado, a fin de no alegar ignorancia".

Al menos tenia algo a que agarrarme, pero necesitaba más. Imposible, lo mas cercano a ese servicio era auxiliar de comedor, y en su normativa no aparecia la palabra. Me iba a dar por vencido cuando, agotando el ultimo cartucho, por fin apareció. Se trata del Reglamento para el Servicio Interior de los Regimientos de Artilleria, aprobado por S.M. el Rey D. Alfonso XII en 1882. El texto con relacion al servicio de fatiga dice textualmente:


Art. 238. Son los auxiliares de los Cabos de Cuartel y Cuarteleros para la limpieza y arreglo de todo lo que esta en el dormitorio, y desempeñar los servicios que sea preciso hacer fuera de el.

Art. 239. En cada Compañia habrá uno o más fatigas, segun las necesidades; su servicio durará veinticuatro horas, empezando a la hora del relevo del servicio economico y concluyendo al día siguiente, despues del relevo.

Art. 240. Alternarán para éste servicio todos los individuos de la Compañía, menos los Artilleros Primeros y los condecorados con la Cruz de San Fernando, exceptuándose además en los Regimientos de Campaña los conductores.

Art. 241. Este servicio se nombrará de un día para otro y se leerá a la hora designada.

Art. 242. Vestirán de primera puesta y con traje de trabajo.

Art. 243. Siempre que tengan que ausentarse del dormitorio lo harán con conocimiento de su Superior, y podran salir a paseo si hubiera concluido sus faenas y no los necesitasen el Furriel y el Sargento 1º.

Art. 244. Estarán a las inmediatas ordenes del Cabo de Cuartel; pero cumpliran cuantas les dieren el Furriel, Sarento de Semana y Superiores, debiendo de dar conocimiento de ellas al Cabo de Cuartel.

Art. 245. Al toque de relevo de servicio interior del Cuartel, se presentarán al Cabo de Cuartel para ayudarle a la entrega de todo lo del dormitorio, y enterarse de sus obligaciones, que le seran leídas por el dicho Cabo.

Art. 246. Serán de su obligación conservar las tinajas constantemente llenas de agua.

Art. 247. Tendrán el mayor cuidado con los útiles y efectos que manejen, pues reponderan de cualquier desperfecto o rotura que no sea natural.

Art. 248. Será de su obligación llevar a componer todos aquellos efectos que les mande el Furriel, y ayudarle a contar y conducir al dormitorio el pan de provisión y cuantas comisiones les encomienden.

Art. 249. Al toque de Diana limpiaran los zambullos, dejándolos en el sitio que está señalado; ayudarán a los Cuarteleros a la limpieza del dormitorio y sacarán siempre y a cualquier hora que fuera preciso la basura.

Art. 250. Las mantas y capotes que se hayan entregado la tarde anterior a los de Servicio fuera del Cuartel, serán recogidas por los fatigas a la hora designada, cuidando de reconocerlos y dar cuenta del estado en que los reciben al Comandante de la Guardia y luego al cabo de Cuartel, al que deberán entregarselos limpios y doblados. Con iguales formalidades recogerán las mantas de los arrestados en prevención y camas de los sumariados en el calabozo.

Art. 251. A presencia del Furriel en la cocina, a la hora de repartir el rancho a los de Servicio, tomarán el suyo y en una olla el correspondiente a los empleados de su Compañía fuera del Cuartel; marcharán al dormitorio, recibirán del Cabo de Cuartel, enterándose bien de lo que es pertenencia de cada uno, el pan, cucharas, fiambreras y el rancho de la tarde, las mantas y capotes de los individuos para quienes son los ranchos; se presentarán al Cabo encargado de llevar la comida, si estuviese nombrado o al Sargento de la Guardia de Prevención, para poder salir del Cuartel a llevar los ranchos; se presentarán a la llegada a las guardias o puestos a los Comandantes de ellas o Sargento, si es de Oficial, a fin de que autoricen la entrega a los individuos del rancho y efectos que conducen.

Art. 252. Al regresar al Cuartel, despues de haber llevado el rancho, devolverán limpias las ollas, fiambreras y cucharas al ranchero y al Cabo de Cuartel, explicando a éste lo que pertenece a cada uno.

Art. 253. Despues de retreta recibiran del cabo de Cuartel, las mantas de los arrestados en la prevención, y las camas de los sumariados en el calabozo, que entregarán en la guardia de prevención, con iguales formalidades que lo hicieron por la tarde con los de servicio fuera del Cuartel.

Art. 254. Asistiran con la Compañía a todas las listas, ranchos, revistas diarias y semanales, ejercicios y formaciones y escuela de primeras letras, si fuesen alumnos.

Nos encontramos con una palabra cien por cien artillera que hemos podido salvar de la quema (acuerdense del Art. 16 de las RROO de las FA,s). Salvando las distancias y quitando alguna que otra obligación, practicamnete coincide con el servicio de fatiga que actualmente se designa en algunos Regimientos.

Articulo publicado por el autor en la Revista Ejercito.

Carta a mis compañeros de armas

Hace algun tiempo, un amigo me pasó esta carta.


CARTA A MIS COMPAÑEROS DE ARMAS.


Zaragoza, cuatro de diciembre de 1980

Querido amigo y compañero:

Cuántas veces, en amable discusión, hemos tratado con nuestros compañeros de la bomba llameante sobre quién en las batallas ocupa el puesto de vanguardia en combate, puesto de honor, sin a veces recordar que todos luchan con tal valor, que decir vanguardia o retaguardia es un mero concepto geográfico que no influye en nada a la hora de que cada cual cumpla con su deber.

Y es que ahora quiero narrarte uno de los muchos ejemplos que demuestran lo peregrino de nuestras elucubraciones y que empuja a nuestro corazón a compartir el orgullo esos compañeros nuestros que, al contemplar las dos bombardas cruzadas sobre el fondo rojo de la sangre vertida y negro del humo de sus fuegos, evocan las hazañas realizadas con Honor por su, también nuestra, Grey.

Hagamos juntos un viaje a Beni Bu Ifrur. Es la guerra que a principios del siglo XX sostiene España contra cábilas moras rebeldes. Tropas españolas se han adelantado para efectuar un reconocimiento, y en el repliegue las harcas rifeñas atacan con tal furia, que la iniciativa pasa a sus manos.

Protegiendo el movimiento combate una Batería de Artillería; sus artilleros se mueven por un terreno difícil; cambian rápidamente de asentamientos, bajo un ‘paqueo’ constante, pero saben que de la eficacia de sus fuegos depende la vida de muchos de sus compañeros de otras Armas.

La Infantería se repliega, mientras la Batería se queda cada vez más a vanguardia. El General habla personalmente con el Capitán: ‘no se moverá mientras no reciba su orden directa, pues si se interpreta mal una orden, las cábilas rebeldes segarían las vidas de muchos infantes’.

Los artilleros siguen combatiendo. ¡Fuego! ¡Fuego!. Suena del cañón el estampido y su sonido los hace enardecer.

El moro se acerca. Seiscientos metros.
Quinientos metros. ¡Fuego! ¡Fuego!, gritan los tenientes.
Los artilleros siguen combatiendo. Arrecian los disparos enemigos.
“... antes que rendidos, muertos con Honor...”.
Cuatrocientos metros. ¡Fuego! ¡Fuego!, repiten los sargentos.

Dos piezas están fuera de servicio. Las otras dos siegan al enemigo con sus proyectiles de metralla. El moro es un buen luchador que sabe aprovechar bien el terreno, y se acerca como si fuese una avalancha. ¡Fuego! ¡Fuego!, contestan los artilleros.

El Capitán recibe una orden de retirada. La Infantería se está replegando. Pero la orden no es del General. La Batería permanecerá entonces en su puesto. Sus almas laten con más ansia.
Oficial que trae la orden: ‘es una locura... la Infantería se repliega... dentro de nada esto será un infierno’.

Capitán de Artillería: ‘... y no quedarán más españoles que los de esta posición’.
Los artilleros, unidos, dichosos al hacer tremolar en lo alto a su Estandarte, siguen disparando a pesar de las balas moras. Están solos. No queda nadie para protegerles. ¡Fuego! ¡Fuego!, oye el Capitán.

El enemigo ya casi no puede hostigar a los infantes con uniforme de rayadillo, mosquetón y alpargatas. Se lo impiden dos cañones y un puñado de artilleros. Y entonces dirige ahora sus esfuerzos contra éstos. ¡Fuego! ¡Fuego!, animan los heridos.

Los artilleros caen. Las bajas se acumulan. El Capitán recibe entonces otra orden de retirada; no es del General. ¡Fuego! ¡Fuego!.

“... y evocando su mágica grandeza, morir sabremos por salvar su Honor...”.
El Capitán de Artillería ignora que el General ha entregado a Dios su vida por España, y que se están replegando todas las fuerzas del Sector.

Los moros están a trescientos metros. Los artilleros cantan alegremente su Himno y ganan la gloria para el Arma derramando su sangre.
Llega la noticia, y el Capitán se entera de lo acaecido. Ahora sí se replegarán, protegidos por su Infantería.

Los artilleros se lo llevan todo. Los cuerpos de sus compañeros caídos descansarán en el suelo patrio; los rifeños no recogerán ningún botín.
Las dos piezas que aún funcionan retroceden escalonadamente, apoyándose mútuamente. ¡Fuego! ¡Fuego!. No se cesa de combatir.

Caen los artilleros. Los oficiales ayudan a arrastrar las piezas. El movimiento es penoso. El esfuerzo, agotador. ¡Fuego! ¡Fuego!.

“... y cuando, luchando, a morir lleguemos...”.
Los artilleros llegan al campamento. Las frentes levantadas. Han cumplido con su Deber.
“... de la Patria su nombre engrandecer...”.

Por esta acción, el treinta de septiembre de mil novecientos ocho fue laureado el Capitán de Artillería Ilmo. Sr. D. Luis Fernández Herce. Y el Himno de los artilleros volvió a vibrar con fuerza.


Recibe un abrazo de tu amigo y compañero


Juan Infante Español

Logotipo Bicentenario 1808

A primeros de año, el Departamento de Comunicacion del Ejercito (DECET) creó un logotipo para sumarse a la conmemoracion del Bicentenario de la Guerra de la Independencia.

Decia textualmente el articulo que daba la noticia: "......ha creado un logotipo que representa al teniente de Infanteria Ruiz (1779-1808), uno de los heroes del dos de mayo. El famoso escultor Mariano Benlliure lo inmortalizó en 1891 con una estatua de bronce, situada en la plaza del Rey, en Madrid, junto al Palacio de Buenavista-sede del cuartel General del Ejercito-. Es precisamente en esta estatua en la que se ha inspirado el logotipo del DECET, que se completa con la imagen de un cañón, como simbolo del Arma de artilleria, ya que fue precisamente en la defensa del Parque de artilleria de Monteleon donde el teniente Ruiz recibió las heridas que le causaron la muerte unos dias despues. Ademas, el cañon recuerda a los otros dos heroes del Dos de mayo: los Capitanes de Artilleria Luis Daoiz y Pedro Velarde, que dirigieron la defensa de Monteleon y alli perdieron la vida.............."

En mi humilde opinion creo que no es acertado el logotipo. Segun el razonamiento del autor, aparece el teniente Ruiz por ser heroe del dos de mayo. Correcto, pero tambien lo fueron el teniente Arango o Manuela Malasaña, o el capitan Consul o el pueblo de Madrid, etc. Justifica tambien la aparicion del cañon por ser del Arma de Artilleria el Parque que defendia el Teniente y en un segundo plano porque eran de artilleria los Capitanes Daoiz y Velarde. Me parece del todo incorrecto. Deberia haber aparecido un cañon como simbolo del arma de Artilleria, ya que Daoiz y Velarde eran Artilleros y la figura debiera ser la de Daoiz y Velarde por ser los capitanes que iniciaron el levantamiento y defensa del Parque ese dos de mayo. Algunos pensaran que ese dia hubo muchos mas heroes. Estoy de acuerdo, pero solo hubo dos indiscutibles referentes, para lo bueno y lo malo, y sin lugar a dudas esos fueron los Capitanes de Artilleria Daoiz y Velarde.

Lamina de la semana























Capitanes de Artilleria D. Luis Daoiz y Torres y D. Pedro Velarde y Santillan.
Queda prohibido, sin la autorizacion escrita de sus autores, la reproduccion total o parcial por cualquier metodo o procedimiento, de las imagenes, fotografias y articulos publicados en este blog.

Memorias

Articulo publicado en el diario El Mundo el 10/09/05

(por cortesia de Alonso Contreras)

Entramos en Madrid a pie , empujando los cañones.

ESTEBAN DE ARRIAGA BROTONS

Teniente de Artillería del Regimiento de Segovia


«Yo tenía 17 años cuando estalló la guerra. Estaba preparándome para ingresar en la Academia de Artillería y acudí voluntario. Como no tenía aún edad para hacer los cursos de alféreces provisionales, me hice alférez de complemento. Luego terminé mandando la batería que estaba en la Ciudad Universitaria. Allí, en el cerco de Madrid estuve alrededor de un año. Teníamos las piezas [cañones, baterías antiaéreas...] desplegadas a lo largo de una zona amplia, formando un cerco. Como los ataques contra nuestra posición solían ser por la noche, que es una ocasión buena para atacar, nosotros pasábamos las noches despiertos. Si no sucedía nada y estaba todo tranquilo, evitábamos quedarnos dormidos a base de jugar a las cartas. Y nos acostábamos por la mañana.Había minas, claro que las había. De hecho, en el último momento un oficial de Infantería levantó una mina [la mina explotó bajo sus pies] y murió. Pero lo que era tremendo eran las minas que ellos nos metían por debajo. Porque nosotros estábamos ya ocupando edificios y facultades y ellos perforaban bajo el suelo y metían minas. Y por eso el mando, decidió que los oficiales ingenieros hicieran lo que se llama «la contramina», que es devolver el ataque dirigiéndolo hacia el otro lado.Pero llega un momento en que ya cesan los combates. Estuvimos unos dos días esperando. Hasta que, por fin, nos dan la orden de entrar en Madrid. Pero yo no tenía manera de entrar, no tenía vehículos ni camiones para transportar las piezas. Se lo dije al coronel de artillería, que no podíamos entrar en la ciudad dejando la batería atrás. Pero el coronel me remitió al jefe de Artillería de la Región, que era don Mariano Fernández de Córdoba, -al que nosotros en broma le llamábamos el chulo porque era un poco así- y el jefe de Artillería me decía que hablara con el coronel.El caso es que ninguno me daba la solución y me estuvieron pelotean­do. Y de pronto el alférez Carvajal me dice:- Oiga, Arriaga ¿por qué no en­tramos empujando las piezas y car­gando la impedimenta?- Las piezas ya sabe usted que son los cañones, y la impedimenta son los colchones, el petate, las mantas, todo eso.- Pues sí.Y así lo hicimos. ¡Es que teníamos que entrar! Y entramos así, a pie, em­pujando las piezas a mano y con la impedimenta al hombro.Y al entrar, ¡no sabe usted lo que fue aquello! La gente te rodeaba, aplaudían, lloraban. Algunos padres les decían a sus hijas «¡abraza a los hombres de estrellas!» y cosas así. Con esa expresión, «los hombres de estrella» querían decir los oficiales de las tropas nacionales porque los oficiales rojos no llevaban estrellas sino unas barras. Fue impresionante aquello, realmente emocionante.Nosotros entramos por la Ciudad Universitaria, Moncloa, calle de la Princesa. Y así llegamos hasta el cuartel de la Montaña, donde habían matado a tanta gente, y donde no había nadie. Nosotros ocupamos el cuartel. Una vez hecho eso, el alférez Carvajal y yo nos fuimos a buscar a algunos familiares. Yo fui a ver a mi tío Alfonso, que se había quedado en Madrid y no sabía si había muerto. Pero no, estaba vivo. Había pasado la guerra escondido. Yo le llevaba una lata de leche condensada.El caso es que íbamos por la Gran Vía los dos, con nuestros batidores. ¿Sabe usted lo que son los batidores? Son los artilleros [soldados] que van junto a un superior protegiéndole. lbamos con nuestros batidores, con sus armas colgando del hombro, y no se puede usted hacer idea de lo que era aquello. Era tremendo. La gente salía a los balcones aplaudiendo, gentes de todas las clases sociales, gente modesta también, estaban encantados. Unos venían y te pedían un pitillo porque no tenían tabaco. Otros llegaban y te decían de pronto: «Oiga, mire usted lo que me he encontrado» y lo que decía que se había «encontrado» era una pistola.Todo esto que acababa de vivir se lo conté yo a mis padres en una carta que les escribí muy pocos días después. [Saca de un sobre unas cuartillas rayadas y amarillentas, que tienen la friolera de 66 años, y me lee]: «Fue algo fantástico. La gente nos cogía y no nos soltaba, abrazándonos. Mucho guayabo. -Yo tenía 20 años entonces- (se ríe). Como sabéis fueron las fuerzas de la Ciudad Universitaria, y por tanto las nuestras, las primeras en entrar. Yo desfilé llevando mi batería a brazo con mis artilleros. Fue algo emocionante. La gente no cesaba de gritar “viva España, viva el ejército de Franco” y un sinfín de cosas más. La misma tarde, cuando dejé la batería en el lugar señalado, la gente no cesaba de exclamar: “¡Ya era hora, decían que no pasaran!” Un señor se dirigió a mí y me dijo “Señor oficial, tengo unos deseos horribles de dar un abrazo a un hombre de estrellas”. Y me abrazó con lágrimas en los ojos de la emoción tan fuerte. Y así sucesivamente, durante el camino a casa de tío Alfonso». Y es que era verdad, por el camino nos iban vitoreando a cada paso.Recuerdo que estaba el periodista Tebib Arrumi, abuelo de Alberto Ruiz-Gallardón [actual alcalde de Madrid], que me dijo: «¿Puedo entrar con ustedes?» Yo le dije que encantado y él entró con nosotros.

Biografia del Capitan D. Luis Daoiz y Torres I


Primera parte

D. Enrique de la Vega Viguera
Coronel de Artillería

(Por cortesia de Joaquin Serrano)

De tiempos de la Reconquista procedía el lina­je de don Luis Daoiz Torres. Ascendiendo por línea paterna a insignes caballeros como don Berenguer D’Aoiz, que se estableció en Navarra; don García Garces D’Aoiz que intervino en la famosa batalla de las Navas de Tolosa y don Joaquín D’Aoiz, natural de Pamplona, que a mediados del siglo XVII tomó posesión del cargo de alguacil mayor y regidor per­petuo de Gibraltar, teniendo que pasar por el doloro­so trance de perder la plaza en manos de los ingle­ses. El amor a la patria de aquel anciano, enardecido contra los invasores, se transmitió a través de su hijo Martín, en su nieto don Luis Daoiz. Es a partir del indicado don Joaquín, regidor de Gibraltar, cuando los Daoiz se hacen andaluces.

Desde la pérdida de Gibraltar, la familia D’Aoiz instala su residencia en el Puerto de Santa María y en Sanlúcar de Barrameda, donde tenían propiedades como las fincas llamadas Quesada, en Cádiz; Espínola, en el Puerto de Santa María y Monreal en Medina Sidonia. También en Navarra tenían dos señoríos, nueve merindades y la casa principal, con campos y viñas en Aoiz. A partir de entonces, el apellido D’Aoiz también se andaluza, convirtiéndose en Daoiz. Don Martín contrajo ma­trimonio en Sevilla con doña Francisca Torres Pon­ce de León, hija de los condes de Miraflores, el 2 de febrero de 1766.

El 10 de febrero del año siguiente, les nace un hijo varón. Esto ocurre en el domicilio de su abuela materna, la condesa de Miraflores, donde ocasional­mente residen los padres de nuestro personaje. La casa era el número 70 de la calle del Horno, inme­diata a la parroquia de San Miguel. En el libro de bautismo de la indicada parroquia, consta en el folio 26, que el martes diez de febrero de 1767, el presbí­tero don Luis de Torres, con licencia de cura propio, bautizó a un niño al que puso por nombre Luis Gon­zaga, Guillermo, Escolástica, Manuel, José, Joa­quín, Ana y Juan de la Soledad. Eran sus padres don Martín Daoiz y Quesada y doña Francisca de Torres Ponce de León, natural de Sevilla, siendo el padrino fray Juan Mateos, presbítero de la orden del Carmen calzado. El mayorazgo que disfrutó don Luis Daoiz fue el fundado por Gaspar de Quesada en la villa de los Barrios en el campo de Gibraltar.

Pasó Luis Daoiz los primeros años de su niñez en casa de su abuela, donde como hemos indicado vivían sus padres. Es interesante anotar lo que dice González de León en sus «Calles de Sevilla», libro publicado en 1839. «Calle del Hospicio de Indias. Está en el cuar­tel C y en la parroquia de San Miguel. Se llamaba de la Cruz por un pequeño retablo con una cruz y así se llamó hasta 1699, que la Compañía de Jesús labró en ella, para hospicio de los padres de su religión que pasaban o volvían de las Indias. Esta casa, en parte derribada, está ahora sirviendo de cuartel de Infantería (en la actualidad se ha respetado parte de lo edificado para el parlamento andaluz, y el resto para una plaza). El callejón es estrecho y pasa desde la calle de las Palmas, a la Pza. de la Gavidia am­pliado por su final con el derribo de una casa princi­pal que en él había». Esa casa principal debió ser la habitada por Daoiz. Recibió las enseñanzas prima­rias en su propio domicilio y más adelante los pri­meros estudios en el colegio de San Hermenegildo, regido por los P.P. jesuitas, y situado próximo a su domicilio. En este centro de enseñanza se fue ilus­trando la inteligencia de nuestro joven Luis, así como enriqueciéndose su espíritu con los hábitos de la obediencia, la cortesía y las prácticas religiosas. Entrando ya en los años de la pubertad mostró sus deseos de ser útil a la patria en la noble ocupación castrense, por lo que su padre solicitó y obtuvo la plaza en el Real Colegio de Artillería de Segovia. Aprobada la información de nobleza que entonces exigía este nobilísimo cuerpo, en expediente expe­dido el 10 de julio de 1781 por el escribano del rey, don Manuel García de Castro y del teniente asisten­te de Sevilla, don Fernando Vivero Sánchez, ingresó Daoiz en el Real Colegio de Artillería de Segovia a los quince años de edad. Como curiosidad se puede aportar que en el libro de padrones de la parroquia de San Miguel, figuraba el año 1767 Luis Daoiz em­padronado con sus padres en la plaza de la Gavidia y callejón de Colegio, pero en 1782 ya no figuraba, porque contando con 15 años había ingresado en el colegio de artillería de Segovia. Continuaban figu­rando sus hermanos doña Ma. del Rosario, don Fran­cisco y doña Josefa.

En Segovia permaneció Daoiz como cadete desde el 10 de febrero de 1782 al 9 del mismo mes del año 1787. Durante este periodo demostró ser un buen estudiante, tenaz e inteligente, distinguiéndose de manera especial en la esgrima de sable, y de es­pada, donde su agilidad y agresividad alcanzó entre sus compañeros de academia fama de experto y te­mible.
Llegado el año 1790 se ofreció voluntario para marchar a Ceuta al mando de una batería de su regi­miento, para intervenir en la defensa de dicha plaza. Al año siguiente fue enviado a la ciudad de Orán como agregado a la compañía de minadores.

Su gran espíritu y concepto de la responsabili­dad, le hizo solicitar le fuese permitido estar agrega­do a los minadores, pero sin perder su destino en la batería a su cargo. Su brillante comportamiento le valió ser ascendido al grado de teniente de artillería el 18 de febrero de 1792.
Cuando la revolución francesa alcanzó los ex­tremos de demencia y terror que relata la historia, queriendo España dar prueba de sus sentimientos monarquicos y religiosos, se dispuso a ayudar a Luis XVI, declarando la guerra en 1793 a la Repú­blica Francesa.
En realidad, más que declarar la guerra a Fran­cia y a su república, España lo que hizo fue declarar la guerra a la Revolución Francesa, como espíritu de reacción, contra quienes cortaron la cabeza a Luis XVI y a Mª Antonieta.

El entusiasmo que tal decisión provocó en el pueblo español se patentizó en los cuantiosos dona­tivos, alistamiento de voluntarios y en cuantas nece­sidades solicitó el gobierno español para intervenir en una guerra que estimaba justa. La primera parte de la campaña, que fue llamada del Rosellón, un ejército de 24 mil españoles a las órdenes del gene­ral don Antonio Ricardos, realizó una brillantísima actuación. En esta segunda parte de la campaña comenzada en marzo de 1794, participó Daoiz, inter­viniendo en numerosas acciones, mandando con va­lor y pericia sus cañones. Pero en un furioso contraataque francés, lograron rebasar las líneas españo­las. Daoiz fue hecho prisionero el 25 de noviembre de 1794 y conducido a la prisión de Tolosa en Fran­cia. En esta situación, reconociendo el enemigo sus méritos como artillero, le ofrecieron alistarse en el ejército francés con un alto empleo, lo que rechazó Daoiz, argumentando que su único deseo era regre­sar a España para continuar con sus campañas. Per­maneció prisionero hasta que terminó la lucha en 1795, con la desastrosa Paz de Basilea. Las tentado­ras ofertas francesas para que sirviese en su ejército se justificaban por los amplios conocimientos que Daoiz tenía del empleo de la artillería y por el domi­nio de las lenguas inglesa, francesa, italiana y el la­tín, en una época en la que el pueblo balbuceaba la ortografía.

Apenas terminada esta guerra contra Francia, comenzaron las ruinosas e infortunadas discordias contra Inglaterra. Una numerosa flota mandada por Nelson se dedicó a bombardear la ciudad de Cádiz. El 11 de julio de 1797 se le confió al teniente Daoiz el mando de una tartana cañonera con hornillo de bala roja, bajo las órdenes del almirante Mazarredo, que con gran talento, ingenio y valor, organizó la defensa del puerto y bahía de Cádiz, donde nuestros marinos y artilleros demostraron su heroísmo.

El navío inglés El Poderoso, que era el que más daño ocasionaba, fue el primer objetivo marcado por Mazarredo. Contra él luchó Daoiz con su tar­tana cañonera, llevando a cabo una efectiva y vale­rosa labor.

La hoja de servicios de Luis Daoiz se expresa con ese estilo concreto y lacónico de la literatura castrense, diciendo: «últimamente el teniente Daoiz, embarcado en el navío San Ildefonso, ha hecho dos viajes redondos al continente e islas de América, todo durante la última guerra contra la Inglaterra».

Tan escueta nota nos obliga a ampliarla un poco, para conocer mejor las cualidades y personali­dad de nuestro personaje. El embarque del teniente Daoiz en el navío español, estuvo motivado por la necesidad observada por el gobierno español de te­ner que continuar la guerra contra Inglaterra, para poder defender nuestras colonias y proteger las flo­tas que venían de América. Para ello necesitaba completar la dotación de oficiales de la armada, lo que le llevó a ordenar que oficiales de artillería del ejército de Tierra fuesen agregados a los buques. El navío San Ildefonso, al que fue destinado Daoiz, disponía de 74 cañones y estaba mandado por el ca­pitán de navío don José de Iriarte. En dicho barco realizó los dos viajes que indica su hoja de servicios. Durante esta navegación prestó importantes misio­nes y ayudó notablemente a su capitán para entre­vistarse con oficiales de otras naciones, dados sus conocimientos para expresarse en francés, italiano e inglés.

Es curioso anotar que hallándose Daoiz, en no­viembre de 1800, en el puerto de La Habana, osten­tando las insignias de teniente, al revisar las «Gace­tas» atrasadas, comprobó con sorpresa que el 4 de marzo de 1800, estando en la mar, le habían ascen­dido a capitán de artillería, no habiendo recibido no­tificación de dicho ascenso por estar navegando. Había cumplido 33 años cuando le llegó al ascenso a capitán.

De regreso a la Península, en fecha 7 de julio de 1802, fue destinado al 3er regimiento de artillería de Sevilla, su regimiento de origen, encomendándo­le la superioridad misiones científicas, dadas su fa­cilidad y conocimientos de las matemáticas y su aplicación al desarrollo de la artillería. Precisamen­te, con fecha 2 de diciembre de 1803, se le ordenó a la Fundición de Bronces de Sevilla, según figura en el Legajo nº 12 de la indicada Fundición —hoy Fá­brica Nacional «Santa Bárbara»—, una orden del generalísimo Godoy, Príncipe de la Paz, para que fuesen construidas dos piezas del calibre de «a ocho», según el proyecto del brigadier don Vicente María de Maturana, para el servicio de la artillería a caballo, debiendo reunir la particularidad de poder disparar indistintamente balas, granadas y metralla.

A tal fin se nombró una comisión de varios ofi­ciales entre los que figura el capitán don Luis Daoiz. A esta comisión le dirigió Maturana un amplio es­crito explicándoles el fundamento de la pieza ideada por él, consistente en disminuir el peso del cañón para su más fácil traslado y poder cambiar de asen­tamiento con mayor prontitud.

(segunda parte clic aquí)

Biografia del Capitan D. Luis Daoiz y Torres II

Segunda parte



D. Enrique de la Vega Viguera

Coronel de Artillería

(Por cortesia de Joaquin Serrano)


Tras señalar las pruebas que se le deberían ha­cer a los cañones, terminaba con un párrafo que es todo un tratado de moral militar. Decía así: «Espero de la consideración de vuestras señorías, que hechos cargos de que mi intención no es hacer manifesta­ción de talento, ni de experiencia, sino de mi amor al real servicio, y de que sujeto en un todo mi pensa­miento a las advertencias, reflexiones y experien­cias que vuestras señorías hayan por conveniente hacerme, se servirán honrarme con la asistencia de sus luces y conocimientos, observando las pruebas de alcances y resistencias que haré con estas piezas, y que en el informe que den de sus ventajas o defec­tos, manifestarán a la superioridad mi deseo de ser útil al real servicio, y de estimular a mis compañeros a que perfeccionen una idea que sólo presento en bosquejo para que sus talentos, tengan la ocasión de aumentar el crédito que tan de justicia se tiene adquirido el real cuerpo de artillería español».

Efectuadas todas las pruebas, la comisión for­muló su informe, que tras amplio desarrollo termi­naba con estas palabras: «Son tales y tan grandes las ventajas del cañón maniobrero de Maturana, respec­to al obús de ordenanza, que nos persuadimos, son los cañones maniobreros preferibles a todas las de­más piezas conocidas para el uso de la artillería a caballo». Este informe estaba firmado en Sevilla con fecha 15 de agosto de 1804.
En cuanto a carácter, era Daoiz reflexivo y enérgico, expresivo y amable, afable sin llegar a jo­vial y por natural reservado. Aunque discreto en sus relaciones, le gustaba alternar en sociedad siempre que se cuidasen las formas y la buena educación. Cultivaba el vestir a la moda y tenía buen gusto para hacerlo.

De sus hermanos sólo se conocen datos de Ro­sario, que contrajo matrimonio con Andrés Villalón Auñón, siendo ella favorecida con los títulos de pri­mera condesa de Daoiz y Vizcondesa del Parque. Los otros, Francisco y Josefa debieron fallecer jóve­nes o permanecer solteros.
En cuanto al aspecto físico, Daoiz era de pe­queña estatura, de tez morena, cabello castaño, ojos grandes y expresivos y rostro agradable y sim­pático.
En los primeros meses de 1808 pasó Daoiz destinado a Madrid encomendándosele el detall del parque de artillería y el cuidado de la tropa al servi­cio del mismo.
Fue entonces cuando tuvo ocasión de compro­bar el abuso de los franceses, sus intrigas y las bo­chornosas complacencias de nuestros gobernantes.
Su alma generosa y su carácter reflexivo le ha­cían comprender cómo España perdía su indepen­dencia.

La personalidad de Daoiz nos la señala, con gran visión política, don Antonio Cánovas del Cas­tillo, cuando dijo: «El que cree tener una intuición, una voz secreta que le dice que la conciencia de su país, que la justicia, que la razón, el derecho, están con él, que la patria exige que se levante en armas y abandone otros deberes, ese hace como Daoiz: va derecho a la muerte y ni siquiera se le ocurre salvarse de ella por modo alguno».

El carácter respetuoso de Daoiz le granjeó siempre el cariño de sus superiores, entre los cuales merecen ser destacados don Federico Gravina, que vio actuar a Daoiz por primera vez en acciones béli­cas en Africa; don Antonio de Escaño, bajo cuyas órdenes sirvió en los combates realizados en Cádiz contra los ingleses, y don Dionisio Alcalá Galiano, con quien realizó dos viajes a América, sirviendo en la artillería a bordo de su navío.
Precisamente el historiador Novella, en sus «Memorias», al referirse a los servicios de Daoiz en Orán, por el año 1791, dice: «Gravina y todo el cuerpo de marina le tomó mucho afecto por su capa­cidad e inteligencia». Actitud que fue corroborada por el brigadier Aznar, que era coronel de artillería y comandante militar de la plaza de Orán, que al certi­ficar sobre la conducta de Luis Daoiz como teniente de infantería y subteniente del Real Cuerpo de Artillería, demostró celo y valor en su lucha contra los moros. Finalmente, el propio Aznar informaría so­bre Daoiz desde Orán, el 26 de agosto de 1791, di­ciendo: «le destiné al ramo de minas, en cuyo traba­jo y en otros que se le dieron, los desempeñó tan bien, que a mi voto y al de muchos, se hizo por todo lo dicho muy acreedor a su grado de teniente de arti­llería, con lo que honró S.M., en la promoción que se sirvió hacer por la buena defensa que hizo su ejército en esta plaza y sus castillos, contra el sitio y poder de los moros».

Pero la labor de Daoiz también alcanzó el éxito en la Armada. Sería el contralmirante don Antonio de Escaño quien desde el navío Concepción ordena­ba a Daoiz se hiciera cargo de la tartana cañonera nº 5, con hornillo de bala roja, que se encontraba en el muelle de Cádiz.
La revista «La Marina», en su número 29, acla­ra: «El día 10 por la mañana del año 1791, intenta­ron otro ataque (los ingleses), más no pudieron rea­lizarlo; las medidas nuevas de defensa que se habían tomado desquiciaron sus designios. Don José de Mazarredo, comandante general de la escuadra; el teniente general don Federico Gravina; el jefe de escuadra don Juan M. Villavicencio; el brigadier ma­yor general don Antonio de Escaño; el capitán de navío don Cayetano Valdés; el de fragata don Anto­nio Millares; el teniente de navío don Miguel Trigo-yac y otros, adquirieron aquellos días nuevos títulos, al reconocimiento de la patria. Así como los capita­nes de artillería don Ignacio Vázquez, don Francis­co Ceballos, los tenientes don Ignacio Cabalery, don Rafael Balbuena, don Manuel Varea y don Luis Daoiz, que iban en las tartanas de hornillo de bala roja».

El afecto y atracción que infundía Daoiz entre sus compañeros lo recoge la opinión de Novella, que le acompañó en diferentes acciones de guerra y vivió con él las inclemencias de las prisiones france­sas, y lo calificaba como «el más grato de sus ami­gos y compañeros».
Sin duda, Daoiz pertenecía a la clase de hom­bres que poseen persuasión instintiva y que no nece­sitan razonar para ser considerados superiores a los demás. Y en cuanto a sus reacciones humanas, basta leer la carta dirigida a su hermana Josefa para com­prender sus cualidades, sin importarle atender los caprichos de la joven. Le decía: «Querida hermana mía: Te remito los moldes del definitivo monillo se­gún el último rigor de la moda; me parece que para tu claro entendimiento basta con la mitad del monillo para que infieras lo que le falta. Se debe guarne­cer por donde va la raya negra con una blonda de dos dedos de ancho; te advierto que por donde va pegado con oblea son las costuras, y sabete que el peto es separado y puede ser de otro género y color que el monillo, pues así lo traen muchas; en la cos­tura de en medio de atrás, se debe poner una ballena. En la cabeza se estila dos monos en dos peinetas; el que se pone delante, casi sobre el tupe, debe ser de seis varas de colonia, y el de detrás debe ser hecho de una banda de gasa, para lo que se parte una vara de gasa por medio, a lo largo, de suerte, que pegadas las dos mitades, quedan dos varas, las que se aco­modan como mejor se puede y con el mejor aire que se le puede dar, pero sin que cuelguen las puntas ni otra cosa que se le parezca. Quedo impuesto en lo demás de tu carta; hoy voy al Puerto a que Gerardo me suministre para tu saya».
«A mamá muchísimos cariños reverentes y a mi Pepilla abrazos y a Frasquillo; y adiós, y manda a tu hermano que te quiere, petimetra. Luis».

Como postdata y de distinta letra, dos renglo­nes que dicen: «Ya Luis es teniente en propiedad».
En 1791, a la edad de 21 años, siendo subte­niente de artillería, alcanzó Daoiz el grado de te­niente de infantería por los méritos contraídos en la defensa de Orán. No es de extrañar el hecho de po­seer dos empleos diferentes en aquella época. El motivo era que existía la llamada Escala General del Ejército, donde se hallaban incluidos todos los jefes y oficiales sin distinción de armas y a los pertene­cientes a armas específicas, como artillería e inge­nieros, se les mantenía el empleo que le correspon­día dentro de su escala.

En el aspecto técnico, aunque ya hemos indi­cado sus conocimientos, merece la pena recordar lo bien que supo aprovechar las observaciones so­bre balística, obtenidas en el terreno práctico de la guerra. A pesar de ello sólo escribió un breve estu­dio táctico, titulado «Método que debe usarse para la enseñanza de la tropa y marinería en los ejerci­cios del cañón y abordaje». Este trabajo que reco­gió don Manuel Almira a la muerte de Daoiz, lo entregó en la Dirección general de artillería el año 1813.

A su vuelta a España, el capitán Daoiz, tras ac­tuar en la segunda guerra de Portugal, fue destinado al mando de la tropa de artillería destacada en Fon­tainebleu, nombrándosele también jefe del detall de la plaza.

El comandante de artillería don Juan Arzadun Zabala, en un interesante folleto publicado en Ma­drid en 1908, dice textualmente el referirse a Daoiz:
«Concertado estaba su enlace con una noble señori­ta de Utrera, que muerto el héroe se consagró al se­ñor, siendo investida de monja por el cardenal arzo­bispo de Sevilla, don José Romo, que no ocultaba, y lo comentaba con orgullo, haberse batido en el parque de Monteleón».


NOTA ACLARATORIA

El Tercer regimiento al que fue destinado Daoiz, se creó por la Real Ordenanza de Artillería de 2 de julio de 1802 sobre la base del 3.” bata­llón de Artillería, uno de los tres de que constaba el Regimiento de Real Artillería de España que estuvo en el Puerto de Sta. María.
La Plana Mayor del Tercer regimiento estaba ubicada en Sevilla y la 2ª compañía estaba destacada en Madrid atendiendo el Parque de Arti­llería. Cuando Daoiz regresa a España del viaje naval se incorpora al 3er regimiento en Sevilla, pero a los pocos años de estancia, siente la in­quietud de conocer Madrid y relacionarse con sus parientes de la Corte, lo que le induce a solicitar su traslado a la capital y hacerse cargo del mando de la 2ª Compañía y por lo tanto del Detall y Tropas del Parque de Artillería ubicado en Monteleón.