Artilleros, Artilleros, marchemos siempre unidos siempre unidos de la Patria, de la Patria, de la Patria su nombre engrandecer, engrandecer. Y al oír, y al oír, y al oír del cañón el estampido, el estampido nos haga su sonido enardecer. España que nos mira siempre amante recuerda nuestra Historia Militar, Militar, que su nombre siempre suena más radiante a quien supo ponerla en un altar. Su recuerdo que conmueve con terneza, dice Patria, dice Gloria, dice Amor, y evocando su mágica grandeza, morir sabremos, por salvar su honor. Tremolemos muy alto el Estandarte, sus colores en la cumbre brillarán, y al pensar que con él está la muerte, nuestras almas con más ansia latirán. Como la madre que al niño le canta la canción de cuna que le dormirá, al arrullo de una oración santa en la tumba nuestra, flores crecerán. Marcharemos unidos, marcharemos dichosos seguros, contentos de nuestro valor, y cuando luchando a morir lleguemos, antes que rendidos, muertos con honor. Y alegres cantando el Himno glorioso de aquellos que ostentan noble cicatriz, terminemos siempre nuestro canto honroso con un viva Velarde y un viva Daoiz. Artilleros, Artilleros, marchemos siempre unidos siempre unidos de la Patria, de la Patria, de la Patria su nombre engrandecer, engrandecer. Y al oír, y al oír, y al oír del cañón el estampido, el estampido nos haga su sonido enardecer. Orgullosos al pensar en las hazañas realizadas con honor por nuestra grey, gritemos con el alma un viva España y sienta el corazón un ¡viva el Rey!
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sábado, 2 de mayo de 2009

Leccion del 2 de Mayo

Le he dado vueltas al asunto. Quería relatar los hechos del 2 de mayo. Documentación tengo para hacerlo, incluso algún artículo y conferencia terminada. Pero no, quería algo especial. Al final me he decantado por transcribirles la Lección del 2 de mayo dada por un gran Capitán, que a fecha de hoy, creo que encierra valores que debemos defender y no perder, siendo una de las mejores a las que he asistido, o al menos así lo pienso yo.

Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades, señores Oficiales, Suboficiales y Tropa, señoras y señores; españoles todos y artilleros la mayor parte de cuantos me escuchan.
Un año más, fieles a la tradición, un regimiento de Artillero procede a honrar la memoria de los Capitanes de éste Arma D. Luis Daoiz y D. Pedro Velarde.

Acabamos de escuchar el Real Decreto de la Regencia de 7 de julio de 1812 que ordenó la realización de esta sencilla ceremonia anual ante los cadetes del Real Colegio de Artillería en homenaje a los dos héroes y que, con el paso de los años, se ha convertido en una solemne tradición de la Artillería española que lo organiza en todos sus regimientos.

Mas, con el paso del tiempo, ¿qué queda en nuestra memoria colectiva de la gesta de aquellos dos insignes artilleros?¿Que tiene de especial mérito su actuación que hace pervivir su ejemplo, mas allá de su contexto histórico, trascendiendo sus figuras a la categoría de héroes nacionales?¿Po que fueron en su mayoría artilleros, los escasos militares que aquella mañana de lunes, se unieron al pueblo de Madrid en su alzamiento contra el invasor extranjero?
Desde que el Conde de Gazola procediese a la solemne apertura del Real Colegio de Artillería, el 16 de mayo de 1764, iniciándose la moderna organización del Cuerpo, hasta 1808 aun no había transcurrido medio siglo. Sin embargo, en tan corto espacio de tiempo se habían modelado a la mayor perfección todas las virtudes que deben adornar al soldado modelo. De sus aulas y disciplinas brotaban ya de modo continuo generaciones de artilleros que dejaron a la posterioridad nombre ilustres tanto por sus estudios científicos como por su eterna veneración y entrega a la Patria.

Todos los antecedentes nos muestran a qué altura se hallaba el Real Cuerpo de Artillería de España, cuál era su valor técnico, su valor militar, y sobre todo, cuál era su valor moral de conducta y el concepto del que era merecedor ante el conjunto de la nación en vísperas de los terribles sucesos del 2 de mayo.

Cabe a nuestros antecesores artilleros la gloria de haber sido los que primeramente iniciaron y propusieron un plan completo para promover un levantamiento general en toda España contra las tropas francesas. Era autor principal y depositario del proyecto D. Pedro Velarde y Santiyan, Capitán Secretario de la Junta Superior Facultativa del Cuerpo de Artillería, quien secundado activamente por su compañero y amigo D. Luis Daoiz y Torres, encargado de comprometer al mayor número de oficiales y de la disciplina en la ejecución del proyecto, habían conseguido extender la confabulación a distintos puntos de la Península.


Sin embargo, cuando a pesar de estar vigilados, intervenidos o secuestrados por los imperiales todos los recursos militares de la nación, se consiguió comunicar a los departamentos las instrucciones necesarias para poder llevar a término tan noble y generosa empresa; cuando estaba ya adoptado todo el sistema de guerra, que se había de plantear y proseguir sin interrupción hasta expulsar completamente al enemigo de la Península, los escrúpulos de la disciplina asaltaron a Velarde.

¿Cómo llegar a su ejecución enteramente a espaldas del Poder constituido, cayendo en la insubordinación? Aunque aquel puñado de espíritus audaces, por medio de la ejecución de sus detallados planes, lograsen hacer secundar sus ordenes a todas las provincias, ¿cómo asumir ellos mismos la inmensa responsabilidad de dividir de nuevo a la Nación e introducir en todo el Reino un principio de anarquía, mil veces más peligroso que la misma guerra con el extranjero que se trataba de provocar?

Estos juiciosos escrúpulos hicieron fracasar todo el complot. Sin consultar a nadie su determinación, Velarde fue a presentarse imprudentemente al ministro de la Guerra, para darle cuenta del proyecto y pudiese así el Gobierno tomar la dirección de los sucesos.
Sorprendido el Ministro, felicitó al autor del plan, ofreciéndole su cooperación secreta, pero decidida, para realizarlo; mas desde aquel momento se notaron más precauciones por parte de los franceses, y se alejó a los Oficiales de Artillería de los destinos en que podían ser más temibles.

Daoiz, al conocer los pasos de Velarde, que este mismo le refería, no profirió ni una frase de censura, pero palideció y, sin reconvenirle, reposadamente le dijo: “Todo está perdido; pero tú y yo sacrificaremos la vida por la Patria”; y estrechó su mano.

Tal era el estado del asunto y el ánimo de nuestros héroes, cuando se desencadenaron los memorables sucesos del 2 de mayo.
Cuando estalló la revuelta del pueblo de Madrid, para intentar impedir la salida hacia Francia de los últimos representantes de la familia real, una gran muchedumbre se agolpó a las puertas del Parque de Artillería de Monteleón.

El primer oficial del Cuerpo que se presentó en el Parque pudo evitar, con sus reflexiones, que el destacamento francés, acantonado en el edificio desde que se descubrió el complot, rompiese el fuego sobre el grupo de paisanos que había en la puerta.

Presentose luego el Capitán D. Luis Daoiz, seguido al poco rato por el de igual clase D. Pedro Velarde y otros oficiales del Cuerpo y una Compañía de Voluntarios del Estado, cuyo Jefe, cediendo a las excitaciones de Velarde, le siguió con la fuerza que mandaba.
Indeciso Daoiz, jefe del puesto como más antiguo, y agitado su ánimo por tan encontrados sentimientos como debían producirle: por una parte la orden recibida de no formar causa común con el pueblo, y por otra su patriotismo, que le impulsaba a la lucha. Paseabase pensativo por el patio, profundamente emocionado cuando de pronto, aumentando el clamoreo del pueblo, que no cesaba de pedir armas, vitoreando al rey y a la Artillería, yerguese decidido, rompe en menudos pedazos la orden, desenvaina su espada y manda franquear la puerta a los paisanos gritando a sus artilleros: “¡Las armas al pueblo!¿No son nuestros hermanos?”. Estos se repartieron en un momento todas las armas disponibles, mientras Velarde hizo rendir las suyas al destacamento francés, que atónito ante aquel espectáculo no opone resistencia alguna. Organízase en breves instantes la defensa con los pocos paisanos, un centenar escaso que Velarde pudo retener en el Parque, y los 16 Artilleros de servicios. La Compañía de Voluntarios del Estado quedó custodiando a los prisioneros franceses, pues no quiso su Capitán infringir la orden terminante que tenia de su Coronel de no unirse al populacho.

Aproximaronse confiadas las tropas francesas, sin precaución alguna, y permaneciendo la puerta cerrada. Se disponían los gastadores enemigos a forzarla con sus útiles, cuando a la voz de ¡fuego! De Daoiz hicieron una descarga los cañones colocados en el patio, mientras desde los balcones y ventanas disparaban sus fusiles los paisanos apostados en las casas inmediatas, ante cuya inesperada agresión, que les causó muchas bajas, huyeron en desorden los imperiales. Sin pérdida de tiempo dispuso Daoiz abrir la destrozada puerta y sacar tres cañones.
Más precavidos ya los franceses, emplazaron dos piezas de artillería y empezaron a cañonear a los nuestros, preparando el ataque de una fuerte columna que marchaba a paso de carga, sin que pudiese contenerlos el nutrido fuego que se les hacia entablándose rudo combate. El Teniente de Granaderos D. Jacinto Ruiz, no pudo permanecer por más tiempo impasible, y a pesar de las órdenes de su Capitán, voló a compartir con los artilleros la gloria de haber sido de los primeros que derramaron su sangre generosa por la independencia de la Patria. Los últimos disparos, hechos a quemarropa, causaron tal estrago en los agresores, que por segunda vez fueron rechazados.

La tercera acometida fue más ruda y sangrienta. Dos batallones, formados en masa compacta, se lanzaron a la bayoneta, sin disparar un tiro, sobre aquel reducido número de españoles, los cuales, faltos ya de municiones, cargaron los cañones con piedras de chispa, que obrando como metralla, abrieron grandes claros en las apretadas filas francesas; mas no por esto se detienen los enemigos, que llegan hasta los cañones, y se confunden con los ya impotentes artilleros que, no obstante, se defienden personalmente con desesperado valor.
D. Jacinto Ruiz yacía confundido entre los muertos, roto un brazo y herido en el pecho; D. Pedro Velarde había caído muerto de un balazo, y D. Luis Daoiz, rodeado por todas partes, cayó en aquellos momentos acribillado a bayonetazos, lo mismo que los pocos artilleros y paisanos que aun quedaban con vida en las inmediaciones de la puerta.

Tres horas después de haberse roto las hostilidades había terminado toda resistencia, y los franceses se posesionaron tranquilamente del Parque de Monteleon, cuyo arco se conserva todavía en la Plaza del Dos de Mayo de Madrid en el mismo sitio donde se desarrollaron sucesos tan dignos de recordar.


Hasta aquí la mera narración de los hechos que celebramos con la exposición de sus antecedentes pero, ¿qué enseñanzas podemos destacar de la actitud de Daoiz y Velarde que puedan orientar el comportamiento de los artilleros en el Ejercito español actual?

En primer lugar debemos, todos los miembros del Arma de Artillería, mantener aquel espíritu fundacional del Real Colegio. Todos los artilleros, cada uno en su empleo y cometidos específicos, debemos velar por conseguir nuestra máxima capacidad profesional, sin abandonarnos jamás a la falsa comodidad de la molicie y la rutina. Debemos procurar siempre alcanzar las máximas cotas de competencia técnica, sin descuidar por ello, nuestra formación humana y moral base de la vocación militar. Esta formación y pericia exquisitas son las que permitieron a los artilleros de 1808 planear detalladamente el levantamiento contra el ejército napoleónico.
Hemos de mantener siempre ese espíritu de sacrificio, abnegación y entrega que, lejos de permitirnos conformarnos con realizar lo preciso de nuestras obligaciones, nos impulse para aportar siempre algo mas al beneficio de nuestra unidad, de nuestro ejército, en definitiva de nuestra Patria. Esta virtud es la que alentó a los artilleros de entonces acaudillados por Daoiz y Velarde a planear y comprometerse en la salvación de España de las garras de Napoleón antes de que nadie se lo ordenase, persuadidos como estaban de que eso era lo que la Patria necesitaba y el legitimo Poder soberano de la Nación, secuestrado por una potencia extranjera, aprobaría.
Ojala seamos siempre capaces de mantener los fuertes lazos de compañerismo que siempre han caracterizado al Arma. Compañerismo sincero que sabe ayudar y acoger al otro, sea subordinado, superior o igual a uno cuando comete un error o siente una necesidad. Como supo acoger Daoiz a Velarde tras la entrega de sus planes al indigno ministro de la Guerra, sin reprocharle nada aun a sabiendas de lo que su error acarrearía.

Debemos mantener vivo en nuestro corazón ese amor a la Patria hasta las últimas consecuencias que nos permita, llegado el caso, derramar generosamente hasta la última gota de nuestra sangre en su defensa como lo hicieron Daoiz y Velarde.

Excelentísimo sr. Ministro, vais a ser investido dentro de unos instantes con el nombramiento de artillero honorario. Habéis escuchado el Real Decreto de la Regencia de 7 de julio de 1812. Estáis presidiendo este acto y sois testigo de cómo los artilleros honran a sus héroes, cumplimentando generosamente lo que en su mano esta de cuanto determina el citado Decreto. No puedo terminar esta glosa en memoria de Daoiz y Velarde sin hacer votos ante vuestra persona, creo que haciendo mía la opinión de cuantos lucen el glorioso emblema de la artillería española (entre los cuales desde hoy os encontráis, aunque sea de modo honorifico), para que puedan darse las condiciones que hagan posible restituir a los Capitanes de Artillería D. Luis Daoiz y Torres y D. Pedro Velarde y Santiyan, al puesto en que desde entonces figuraron en cabeza de los de su mismo empleo en el escalafón.

Por último pidamos a nuestra patrona Santa Bárbara que conservemos siempre los artilleros ese alto concepto del honor y tengamos rectamente formadas nuestras conciencias para que, Dios no lo permita, pero puestos en situaciones similares a las de nuestros héroes hoy recordados sepamos actuar de la misma manera.

Unamos nuestras voces a las del clamor de los españoles representados por el pueblo de Madrid de 1808 en las puertas de Monteleon y gritemos juntos:

¡Viva España!
¡Viva el rey!
¡Viva la Artillería!


4 comentarios:

El Capitán Escarlata dijo...

Bien, mi Señor Artillero,... bien.

JL.

Gunner dijo...

Gracias por estar siempre al pie del cañon. ¿Todo bien? Un abrazo.

Anónimo dijo...

una pregunta, quie fue el capitan que escribio esta leccion. Estoy haciendo un trabajo y es para incluirlo para documentarlo. un saludo

Gunner dijo...

Ponte en contacto conmigo mediante el correo que aparece en el blog (realcuerpodeartilleria@gmail.com). Gracias.